Los saltos al vacío o fórmula para molestar a los felices y normales

lunes, noviembre 21, 2011
LOS SALTOS AL VACÍO O FÓRMULA PARA MOLESTAR A LOS FELICES Y NORMALES

Por Frank Castell

Definir el porqué de la escritura siempre será una tarea difícil. Aunque parezca sencillo las motivaciones pudieran ser distintas, en dependencia de estados de ánimo o situación imperante. Pero hoy correré el riesgo de profanar los misterios que me incitan a sentarme ante la cuartilla en blanco.

Gracias a la escritura he sorteado un número considerable de obstáculos en la vida: pobreza, soledad, traición, muerte. Gracias a las palabras, afiladas o tiernas, he sobrevivido. Por ejemplo: mi primer poemario El suave ruido de las sombras, publicado en el año 2000 por la editorial Sanlope, recoge textos marcados por la incomunicación, la fragmentación y el desencanto. La mayoría de ellos nacieron cuando aún pertenecía al taller literario Cucalambé. Recuerdo con mucho placer que todos los miércoles presentaba una décima ante lectores muy exigentes quienes de forma profunda desmontaban el texto. Ellos me obligaron a crecer.

Para el argentino Abelardo Castillo: “La literatura está cargada de fatalidad y tristeza”, cita a Hamlet, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta y otras obras que formarían una lista interminable. Para mí la literatura encierra un poder inmenso. Abre puertas y cierra heridas. Desde mis treinta y cinco años puedo decir que no soy un escritor prolífico. Escribo cuando la vida me lo permite. Pero eso no impide que lo haga con rigor. Respiro como escritor, amo como escritor y sufro como escritor. Quisiera tener el oficio de Hemingway y Carpentier, la fuerza de Vallejo, el espíritu de Martí y la limpieza de Dulce María Loynaz. Pero Dios le dejó un sendero extraño a mis poemas. Guillermo Vidal Ortiz confesó en una de nuestras conversaciones cotidianas: “La novela es un saco donde cabe todo”. Esa tarde me atreví a decirle que la poesía también era un saco inmenso, pero peligroso. Sonrió con picardía y me contó una anécdota de cuando era profesor en el Instituto Superior Pedagógico de Las Tunas y los encontronazos que le trajo la novela Matarile. Su muerte dejó un vacío inmenso en mi vida.

Mi segundo libro: Confesiones a la eternidad recoge en sus páginas poemas más transparentes. Nacieron con la tranquilidad de un tiempo menos duro. De él guardo buenos recuerdos. Pero puedo decir que varios poemas los escribí mientras impartía clases en una secundaria básica. Ése libro fue el puente que me condujo a Corazón de Barco, volumen surgido en un período intenso y gris: divorcio, estrechez económica, olvido. Verso a verso están mis fantasmas. Sombra a sombra permanece el mar de un sitio nostálgico como Puerto Padre.

Paco Ignacio Taíbo II dijo en una entrevista: “Escribo para no matar”. Siempre me gustó esa frase porque dejaba el horizonte ante los ojos del lector. Pero ahora tengo bien claro que escribo para desafiar la lógica de un tiempo. Escribo para el futuro.

Confieso que cada texto encierra un pedazo de mí, la libertad de decir lo que otros (y no los juzgo) prefieren callar. Sostengo todo cuanto digo y no le temo al silencio editorial y promocional porque hasta hoy he sobrevivido a fuerza de víscera. Si me preguntaran quién soy, respondería: un peregrino que late con su tiempo.

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