Para acercarnos a El país de los miedos

martes, septiembre 15, 2015
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PARA ACERCARNOS AL PAÍS DE LOS MIEDOS
Por Frank Castell

Después de leer el más reciente libro de Jorge Luis Peña Reyes (Puerto Padre, Las Tunas, 1977) y comprobar que desde la poesía se puede acceder a universos tan increíbles como la realidad, no me queda otra opción que escribir.

El país de los miedos, volumen que sale a luz por la editorial Gente Nueva, confirma que estamos en presencia de uno de los escritores para niños y jóvenes más auténticos de Cuba. Lo más sorprendente de esta nueva propuesta es el enfoque que Jorge Luis ofrece en cada uno de los textos.

Ya es conocido el modo de asumir el discurso en su amplia y atractiva obra poética. Libros como Donde el jején puso el huevo y Vuelo crecido, evidencian la capacidad de este autor para sorprendernos con maneras bien interesantes de enfocar la literatura. Otros volúmenes salidos de las manos de Jorge Luis se mueven dentro de las aguas del cuento, La corona del rey  y Las doce migajas.

Llegar hasta el gusto de niños y jóvenes presupone conocer bien de cerca cuáles son sus intereses. De modo que cada entrega es un ejercicio de investigación y madurez.

El país de los miedos explora con acierto parte de la tradición cubana en la que Jorge Luis se adentra en personajes locales y nacionales con los que padres y abuelos asustan a los niños. El romance País es la entrada:

En el país de los miedos
era tímida la gente,
si los fantasmas venían
eran siempre grandes huéspedes.

Una singular manera de mostrar el objetivo del poemario: cómo hacer que el lector vea a los personajes como seres palpables, seres que no representan motivo de espanto, sino todo lo contrario. Es uno de los aciertos de esta obra: construir un universo que le permitirá al niño encontrar nuevos significados. Una de las historias más empleadas para neutralizar a niños y niñas es la del viejo del saco. Sin embargo el autor construye una historia que cambia por completo el significado de la misma:

Yo soy el hombre del saco,
abuelo de mala fama;

Camino medio encorvado
por un hechizo que llaman
escoliosis persistente
¡que no se quita con magias!

Que el pánico se transforme en motivo de risa, que la risa nos enseñe que el miedo se puede vencer, he ahí una de las tantas ganancias de este libro. Quien se adentra en sus páginas descubre la ingeniosidad y el poder de seducción propios de la obra del autor de una docena de títulos merecedores de importantes premios en certámenes nacionales e internacionales. Y es que Jorge Luis sabe manejar el lenguaje y el secreto de las estrofas, el ritmo y la musicalidad que necesita un libro para abrirse paso.

Estructurado en dos partes, Barrio de fantasmas y Queridos monstruos, el libro recoge en sus 38 páginas a brujas, jígües, ciguapas, espantapájaros, cagüeiros, entre otros, y juega desde el poema con ellos como es el caso de Solicitud de trabajo; Atención a la solicitud de trabajo por parte del Departamento de Reubicación y Réplica última donde décima y romance recrean la comunicación entre una bruja que solicita trabajo y las exigencias que tiene que sortear:

Yo soy una bruja auténtica que prefiere escobas plásticas.

El país de los miedos está bien pensado. La mezcla de humor, lirismo, filosofía y dominio técnico de las estructuras poética, hacen de él un texto interesante que sobrepasa las fronteras de la edad. Los cementerios, prosa limpia y breve, demuestra el viaje inverso del autor hacia la infancia y sus cuestionamientos:

A propósito, ¿es lógico que le pongan guardias a los muertos y cercas a los cementerios?
Tal vez sea porque, a pesar de toda la ciencia conocida, el hombre moderno no está seguro de que los muertos no salen.

La búsqueda de temas que motiven la creación es una constante en este autor de una docena de títulos. Sin embargo, no hay una pretensión de insertarse en las modas y la superficialidad tan presentes en la literatura para niños. Jorge Luis cree en el niño. Por eso escribe para responder preguntas incómodas que muchos padres no saben cómo enfrentar.

La definición de qué es el miedo ofrece, a modo de cierre, una imagen hermosa cuando dice:

El miedo es un gato oscuro
que nos cruza por delante.

Aunque sus libros desaparecen de las librerías y asume la literatura como un sacerdocio, su proyección merece mejor suerte. Quienes conocemos y esperamos cada una de sus publicaciones, estamos conscientes de que el factor promocional no le ha favorecido. No obstante, me atrevo a afirmar que el futuro le abrirá las puertas y concederá un lugar privilegiado en el panorama literario cubano.

Si me preguntan, ¿dónde está el país de los miedos? Puedo responder que está en nosotros, los niños que crecimos sin la magia de un libro como este, pero que nunca perdimos la fe en encontrarlo.

Gracias, Jorge Luis, por derribar el muro y contar con nuestros hijos hoy.

Puerto Padre, 23 de abril de 2015

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Un gladiador que escribe para no morir

lunes, septiembre 01, 2014
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Idea original: Carlos Téllez
Fotografía y cámara: Raúl Verdecie
Serie: Para el Milagro
TUNAS VISIÓN 2014
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Naufragios (en tierra firme) de Castell, por José Alberto Velázquez

martes, agosto 19, 2014
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Frank Castell. Foto: Un vuelo sin pasaje


NAUFRAGIOS (EN TIERRA FIRME) DE CASTELL


Llamémosle “dispersión generacional”. Ocurre cuando, por la razón que sea y en un tiempo determinado, surgen fuera del mismo núcleo geográfico hornadas de escritores en este caso, con calidad suficiente para configurar, no ya una moda o una corriente afín (la distancia no lo permite), pero sí un conjunto de obras que en mayor o menor medida resultan beneficiosas para las letras nacionales. Los años Noventa en Cuba fueron testigos de una eclosión sin precedentes, sobre todo en el terreno de la poesía. Tal vez la oscuridad de las carencias obligaron al individuo a vivir con lo esencial, volverse hacia adentro. De los miles de nombres surgidos en ese período (doblemente especial) han quedado unos pocos que la nueva prosperidad o el éxodo o la desidia no consiguieron arrebatarnos. Escribiré, muy brevemente, sobre uno de ellos quien, como esa mencionada ola de autores solitarios y distantes de la capital, se arriesga (nos arriesgamos) a no ser “descubiertos”; a que la siguiente generación reciba un canon vacío, incompleto, mayoritariamente capitalino.
Toda la poesía de Frank Castell González (Las Tunas, 1976) se mueve en torno a las estructuras del yo. Carece de importancia aquí establecer diferencias entre yo y ego. Si en su anterior Final del día (décimas, Sanlope, 2012) usaba las “estrategias de las máscaras” para explotar y explorar ángulos más diversos de la propia dimensión personal, usando como referentes actrices de cine, poetas, gente común a la que el vértigo del vacío y la precaria grandeza del suicidio hizo visibles en su momento y siempre, en Salmos oscuros (poesía, Editorial oriente, 2013) la intensidad del discurso autobiográfico adquiere matices lindantes con la desesperación.
En mi modesto criterio, Frank es un poeta que no se destaca precisamente por una sólida diversidad de recursos expresivos. Sus poemas, cortos sin excepción, son lineales y carentes de esa “suciedad”, de esas impurezas que, nos guste o no, componen buena parte de la vida y, por ende, de la literatura. Sin embargo, que mediante medios en apariencia artesanales consiga erigir una poesía de permanencia, tan escasa a ratos, no demerita al poeta sino que lo coloca en una dimensión cuasi heroica, prácticamente inalcanzable.
Las poquísimas ocasiones en que Frank no escribe de sí mismo lo hace desde sí mismo. La realidad, a la postre, ha demostrado ser positivista: no existe sin alguien que la habite o la valore, y Castell extrae de la suya y la de los demás, desdoblándose en ellos, una esencia pura, un concepto inalterable: sufre y ve sufrir; luego (después) existe. Esto lo hace universal y, hasta que el tiempo demuestre lo contrario, imperecedero. La patria, un amigo muerto, la ciudad donde se vive (es decir, donde se muere, es decir, Puerto Padre) son los temas que este libro agota, recicla, vuelve a activar hasta conseguir el convencimiento puro, la identidad plena del lector. Si el abuso no hubiera desgastado el término, pudiéramos asegurar que Castell es un autor “tanático”. Su dolencia lo aproxima a la muerte, pero una vez más, en cada átomo de su frágil figura late la vida como en ningún otro autor que yo haya conocido nunca. No es grandilocuencia. Quien lo leyó, lo sabe.
Escribe en Salmos oscuros: “el polvo me dice márchate, deja este sitio de naufragios” (p. 13), y más adelante añade “Nunca digas fuego si tu verdad es náufraga”(p. 25). Y sin pausa el mar, la arena, la patria, la arena, el mar, el yo que se hunde “como un barco ciego” (p. 36), “Peces náufragos que no recuerdan” (p. 47), “Aquí estoy mientras se pierde todo a la deriva” (P. 55), “en la avalancha de naufragios que es la vida” (p. 64). Si la piñeriana “maldita circunstancia del agua por todas partes”, con su ineludible neorromanticismo ha manchado el expediente de otros escribas durante generaciones, en Castell el mar es un nudo causal y casual sobre el cual se escribe, no un enemigo, mucho menos un dios, simplemente parte del paisaje, como el hecho de los padres, el país de nacimiento, el idioma: no se escogen. Un día el sujeto (lírico, real) se descubre en ellos, y a bregar entonces. Lo que sí resulta posible elegir, creo que lo único, es el carácter, y en Salmos oscuros está muy bien definido, aparece en cada verso, en cada énfasis de hastío y desesperanza que, como se sabe, es la versión más refinada, por ambiciosa, de la Esperanza.
Aclaremos: pese a la intensa carga de dolor que lo agrupa en una unidad temática de lujo, este no es un cuaderno argumentado entre la humedad de las lágrimas ni la nocividad del rencor o el coral patetismo de las neurosis. Se siente en él una grandeza que se opone al pueril minimalismo que ofende a buena parte de la poesía reinante. Hay un background de lecturas sabiamente escogidas, una ilación de vivencias reales que han ido perfeccionando al hombre. “El diamante, antes que luz, es carbón”, reza el nada sencillo verso de Martí. De eso se trata: dejar la menor cantidad de carbón posible sobre la página hasta convertirla en una joya. Algo así es difícil, muy difícil. No someterse a la moda premiable en los concursos más importantes. No falsificar un triunfo, ni siquiera una derrota. Ser uno mismo y ya, que baste la vida sin viajar, sin un largo y limpio viaje para no pudrirse frente a la bahía donde, después de todo y literalmente, vive.
Obligándonos a sistematizar, Frank puede ser colocado (en cuanto a calidad, edad y “orientalidad”, no estilo) entre el santiaguero Eduard Encina (1973) —acaso el poeta que con mayor eficacia ha encontrado una voz perfecta—, y el tunero Carlos Esquivel (1968), impactante en su feliz avalancha de alusiones cultas o de una surrealista referencialidad.
Poesía es, y basta, lo que hace retroceder al vacío. Los no tan oscuros Salmos…de Castell, cuidadosamente editados por la Editorial Oriente , son un momento de la literatura cubana que merece ser atendido. En mi testimonio personal, su lectura me ha dado fuerzas, me ha vuelto más inteligente, me ha hecho mejor persona. Creo que no se puede pedir más de un libro. Eso creo.


José Alberto Velázquez. (Las Tunas, 1978).
Poeta y narrador.

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Los salmos de Frank Castell

sábado, junio 28, 2014
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Fuente: Claustrofobias

Luis Lexandel Pita

Este quinto libro de Frank Castell (Las Tunas 1976) –autor que ha cultivado también la décima y el ensayo, lo cual se nota en su estilo- Poco difiere, en su factura de los cinco que le preceden – El suave ruido de las sombras, Confesiones a la eternidad, Corazón de barco, y Final del día- obras todas ellas caracterizadas por el peso que la escritura tiene en el universo poético, a expensas de otros elementos.
Salmos oscuros la nueva entrega de este tunero es un libro de una belleza turbadora, tan excepcional como inolvidable, por las páginas de este libro pasan, Las aves que se manchan a un cielo gris, la distancia, el dolor, la tempestad, el viento, aguaceros y toda las formas de la lluvia, hay caballos, muchos caballos y galopadas, hay ciudades y calles y el dolor que nos hace más frágil, también hay gentes, algunos muy conocidos, otros menos todo compañeros de rutas. Hay barcos, agua, naufragios, barrios exóticos, la clara señal de Dios y las palabras de la gente que están en el camino ¨ Miro el malecón desde lejos y doblo a la derecha para arrancarme lo que sobra. Solo con mi patria a cuestas y el cielo atravesado en mi pupila¨ se refiere el poeta.
Salmos oscuros es un salto a la placidez, la inversión de una lógica inquietante. Como se refiere en algún poema. Frank Castell es un hombre que siempre procuró mantener largas conversaciones con su sombra al igual que David Herbert Richards Lawrence. Lo mejor de esta obra es su representación del mundo, de sus costumbres y su intimidad, mientras que el mensaje poético es más que una sugerencia, una invitación a interpretar las actitudes de la vida.
Sé que para Frank Castell escribir sobre la propia vida no es fácil. A escribir con fortuna me refiero. Es un privilegio de unos pocos. No es fácil conservar el corazón en calma a la hora de escribir de los lugares recónditos y los menos recónditos de la propia vida y menos todavía lo es no ocuparse en exceso de componer el gesto, la figura, y escribir con una elemental verdad, no de unos personajes que saltan por las tablas del teatro de la memoria, sino personas que igual de frágiles que sus semejantes, sus hermanos, sus hipócritas lectores, toman la pluma y escribe ¨ Odio los días sin morir./ Lejos de la página… ¨ con esa sencillez de quien habla con las palabras verdaderas.
Hay escritores que viven para contarlo y escritores que viven o vivimos porque escribimos, no por otra cosa, o al menos lo parece. Luego resulta que las cosas son siempre algo más confusas, más turbias, más aproximativas. De la misma manera que hay escritores que son aventureros pasivos y otros, que no son hombres de aventuras sino hombres de acción, vagabundos, esto es, gente que viven en el viaje, en la nada aunque este (o precisamente por eso) les conduzca al punto de partida << busco…esa distancia/ entre las grandes ciudades/ y mi desnuda patria. >>
Y es que leer a Frank Castell es a veces (y es mi criterio) enfrentarse a Ángel Escobar, porque sus poéticas es como una máquina literaria de crear interés, es decir su poesía (las de ambos) se pueden leer de una sola sentada, esa es mi definición quizás la más enloquecida y a la vez la más científica, pero sencillamente es mi tesis sobre un libro que en su conjunto ofrece cualidades de fijeza y en cierto modo de armonía que permiten al lector volver a plantearse el conflicto que supone la antítesis entre la vida y la muerte; y el contraste entre la fantasía poética y la sórdida, esta realidad explica el movimiento pendular entre optimismo y pesimismo de sus creaciones, y por último si hubiera que destacar un solo rasgo común a la poesía y a la persona Castell, sin embargo, este sería el dolor. El dolor es el elemento que impregna todos sus escritos, ya de modo subyacente, ya emergiendo a la superficie; el dolor en todos sus aspectos: pasional, filial, insular, el dolor a la verdad y la justicia que es su poesía, en último término lo que rige su vida. Esa búsqueda poética que le hace avanzar siempre en pos de una mayor autenticidad, entrega y perfección -adecuación- en su obra, donde continuamente, con desbordante generosidad, hace presentes a los demás poetas de su generación.

Matanzas, verano de un día de 2014
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La poesía puede estremecer los cimientos de una nación

lunes, junio 02, 2014
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La poesía puede estremecer los cimientos de una nación

Fuente: Juventud rebelde

Frank Castell González llegó a la poesía desde muy joven. Era ajedrecista y estudiaba en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) de Las Tunas, cuando participó en un taller literario

José Luis Estrada Betancourt
estrada@juventudrebelde.cu
31 de Mayo del 2014 19:35:40 CDT
 
Frank Castell González llegó a la poesía desde muy joven. Era ajedrecista y estudiaba en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) de Las Tunas, cuando participó en un taller literario, gracias a su amigo Isael Pérez Campos, lamentablemente fallecido. Ese hecho marcó sus inicios, antes de matricular en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey. «Un período intenso que recuerdo con satisfacción, porque no fui un alumno excelente, pero supe aprovechar ese tiempo», reconoce.
Tampoco olvida la etapa en que casi todas las tardes iba con Osmany Oduardo a casa de Guillermo Vidal, a conversar sobre los proyectos, las preocupaciones y los demonios que acechan al escritor. «Guillermo se convirtió en un padre, por eso la mejor manera de rendirle homenaje es asumir con responsabilidad todo cuanto escribo, porque la vida está llena de tristeza. De hecho, mis poemas son una coraza para vencer el olvido del presente». Y para demostrarlo, ahí está su más reciente poemario Salmos oscuros, que vio la luz en la pasada Feria Internacional del Libro y que acaba de presentarse en la VI Jornada literaria Orígenes, que organiza la Asociación Hermanos Saíz de Contramaestre, en Santiago de Cuba.
—Por un buen tiempo estuviste muy al acecho de concursos literarios. ¿Valió la pena?
—Cuando se es joven y se busca atraer la mirada de críticos e instituciones, los concursos ofrecen la oportunidad de darse a conocer e ingresar a la Asociación Hermanos Saíz. Durante los años 90 del pasado siglo, era casi la única manera de publicar. De modo que concursé y alcancé algunos premios nacionales, mientras en Las Tunas se me abrieron las puertas a las publicaciones.
«Los premios no son un medidor de la calidad de un escritor, pero sí un estímulo para continuar trabajando. En la actualidad apenas concurso, porque cada día es más difícil salir victorioso de las modas de este tiempo. Me horroriza el nivel de cabildeo que existe y la desventaja de los que estamos fuera del circuito de vencedores que prevalece ahora. Soy poeta que escribe lo que siente y padece. No someto mi obra para ganar un premio. Para mí el reconocimiento mayor es el aplauso o la llamada de alguien que no conozco, pero que se identifica con mi poesía».
—Tienes cinco libros publicados y apareces en más de 15 antologías nacionales e internacionales. Entonces, el fatalismo no te ha afectado tanto pese a vivir en Puerto Padre. ¿Qué le debe tu obra literaria a esa tierra?
—Puerto Padre constituye un municipio con una tradición cultural muy grande. Es la tierra de Emiliano Salvador, Juan Pablo Torres y Enrique Peña, por solo citar a tres figuras importantes. Aquí nacieron mis proyectos literarios motivados por el distanciamiento de los círculos «de poder»: dígase viajes al exterior, eventos importantes, acceso a la promoción. Llevo diez años en este lugar escribiendo como un desesperado náufrago, porque tengo un compromiso con el tiempo, y mi obra es testimonio de este país. En los pequeños pueblos de Cuba se viven intensas historias, conflictos más trascendentes que en La Habana o en cualquier otra ciudad.
«Me molesta que directivos e incluso colegas se sorprendan al escuchar mis textos o los de otro autor de esta zona. No hay necesidad de que esto suceda si existiera la promoción adecuada. Una vez lo dije en la capital: “soy de Las Tunas, un lugar lejano de La Habana, pero muy cerca del mundo”. El fatalismo no me ha afectado de forma tan directa porque trabajo y leo, y no siento temor a escribir lo que algunos prefieren callar».
—Escribes teatro, narrativa, críticas artístico-literarias, pero el mayor peso de tu creación recae en la poesía. ¿Por qué? ¿Consideras que todavía esta se puede vender?
—La poesía es un género de trascendencia. Durante años la asumo como una voz necesaria. Ahora se está dando un fenómeno en las editoriales cubanas relacionado con el mercado y con publicar lo que vende. Hay algo que no se debe descuidar, y es la promoción del libro. Un libro de poesía se puede vender si se realiza una buena campaña promocional y se buscan los espacios idóneos para su distribución y venta. Se necesita más profesionalidad en las instituciones culturales para lograr un mayor impacto.
«En 2003 tuve la oportunidad de recorrer el país en la gira La Estrella de Cuba, junto a poetas y trovadores. Nos presentamos en muchos lugares. Llenamos parques, teatros, y el público se identificó y compró los libros. Eso dice mucho. Hay que tener cuidado con la palabra “mercado”. Debe existir equilibrio. Hace unos días conversé con el poeta Roberto Manzano sobre este tema, quien me alertó con la mirada puesta en el futuro: “Estoy preparado para realizar autoediciones si en el peor de los casos se impusiera el mercado sobre el arte”».
—Dentro de la poesía, la décima te atrae especialmente...
—Me inicié escribiendo décima y lo agradezco. La décima me ofreció el camino: empezar bien y cerrar el poema de forma contundente. Tuve la suerte de pertenecer al taller literario Cucalambé, que dirigía el poeta Carlos Téllez. Éramos jóvenes que comenzábamos a despuntar: Osmany Oduardo, Jorge Luis Peña Reyes, José Alberto Velázquez, Ray Faxas. Éramos la continuidad de Guillermo Vidal, Ramiro Duarte, Alberto Garrido, Carlos Esquivel, y teníamos unos inmensos deseos de escribir. La décima en los años 90 hizo aportes a la poesía cubana, y Las Tunas era parte de esa revolución, porque confluían autores de todas partes de Cuba como José Luis Serrano, Ronel González, Yamil Díaz, Jesús David Curbelo, Alexis Díaz Pimienta. Pero también estaba un libro tan contundente como Hambre del piano, de Carlos Téllez.
«La décima me enseñó que la poesía es síntesis, es fuerza. Por eso mi primer libro, El suave ruido de las sombras, lo escribí de esa manera. En 2012 cerré el ciclo de la décima con Final del día, una deuda con esos años duros y hermosos del taller literario. Ahora me mueve más el verso libre. En sus “aguas” me siento con mayor seguridad. Pero agradezco, de esos primeros años, la presencia de la décima, el filo implacable de su música».
—Tu más reciente publicación, Salmos oscuros (Editorial Oriente, 2013), ha sido muy elogiada. ¿Cuáles fueron las motivaciones que te llevaron a escribirla?
—Es un libro que nació del dolor y de las preguntas difíciles que me hago todos los días. Preguntas que respondo con la mayor honestidad posible, porque el poeta es un cronista del tiempo que le toca vivir. Lo entregué a la Editorial Oriente y para sorpresa mía fue aprobado. La ilustración de cubierta es de mi amigo, el poeta y artista de la plástica Eduard Encina, un intelectual que asume su obra con valor en un lugar llamado Baire, donde hay más poesía de la que se piensa. El libro se presentó en la Feria Internacional de La Habana y en Las Tunas.
«Son poemas que van a la esencia de la Cuba de hoy. Quien se adentre en sus páginas podrá conocer cómo piensa y sobrevive Frank Castell. Salmos oscuros es mi forma de reafirmar que la poesía, aunque esté en desventaja respecto a otros géneros literarios, y sea vista como que interesa solo a minorías, puede estremecer los cimientos de una nación».
—Igual apareces en Poderosos pianos amarillos. Poemas cubanos a Gastón Baquero, de Ediciones La Luz...
—Ediciones La Luz, en el tiempo que   tiene de fundada, ha asumido una labor editorial interesante. Poderosos pianos amarillos… es una antología que se le «escapó» a La Habana, y eso demuestra que desde las provincias se gestan proyectos atractivos y competentes. Además del homenaje a Gastón Baquero, habían salido dos selecciones con resonancia: La Isla en versos y Todo un cortejo caprichoso. Hay que resaltar que de La Isla… se logró grabar 25 de los cien poetas recogidos en ella y se realizó un audiolibro en el que por suerte estoy. Luis Yuseff y su joven y dinámico equipo de trabajo merecen el reconocimiento de artistas y directivos por llevar a la práctica ideas tan buenas.
—¿A qué le atribuyes que Naufragios, un texto que contiene cinco piezas teatrales, aún permanezca inédito? Bueno, es la suerte que también están corriendo Confesiones de papel (entrevistas y reseñas), Los hijos de Caín (novela), así como Fragmentos de Isla, Caída Libre y Teatro de la noche (poesía).
—Soy en esencia poeta. Respeto mucho el resto de los géneros literarios. Por eso no me molesta que esos textos se mantengan inéditos. Soy muy exigente con mi obra y, aunque me gustaría verlos publicados, prefiero se den a conocer cuando estén creadas las condiciones. Sé que todavía estoy ante los tantos caminos que la literatura dispone para mí. Por ahora me queda la satisfacción de disfrutarlos en silencio desde la soledad de mi casa. El tiempo dirá la última palabra.
—¿Qué sucedió con Los reyes solitarios, aquella novela que escribías sobre el mundo del ajedrez?
Los reyes solitarios es mi deuda con el ajedrez. La comencé a escribir en el año 2003 mientras pasaba por una etapa compleja de mi vida: el divorcio. Fue gratificante, aunque duro, levantarme todos los días a las tres y treinta de la madrugada y caminar varios kilómetros hasta el Centro Provincial del Libro para trabajar hasta cerca de las siete de la mañana. Es un compromiso que tuve con Guillermo Vidal y por razones diversas no pude concretar. Pero sé que pronto estará lista, para que el lector sea parte de esa historia de ficción con elementos de la realidad.
—Coméntame sobre la revista de pensamiento literario Quijotes.
—Esta revista representa el sueño de varios amigos de darle a Puerto Padre ubicación en el mapa cultural del país. Es un proyecto ambicioso que tiene tres números publicados. Ahora está al salir un dossier sobre el erotismo desde diferentes puntos de vista. Comenzamos en formato digital, pero aspiramos a que se imprima y se distribuya por toda la Isla. Estamos en el engorroso trámite de legalización para la búsqueda de apoyo financiero. Sería excelente que cristalizara, porque es una propuesta interesante.
—¿Qué te aportó formar parte, en cierto momento, del proyecto cultural La Isla en el Centro, que organizan el Centro Dulce María Loynaz y el Instituto Cubano del Libro?
—La Isla en el Centro significó ir a La Habana y participar en varias actividades. Resultó grato compartir mis poemas en la librería Fayad Jamís, en el espacio Aire de luz. Una tarde espléndida, porque asistieron muchas personas a escucharnos a María Liliana Celorrio y a mí. También participé en el programa A trasluz, una entrevista con el poeta, narrador y crítico Jesús David Curbelo. Es necesario que los escritores se integren de forma sistemática a la vida cultural de la capital, para que la crítica conozca lo que se escribe más allá de sus muros. Fue una experiencia que me estimuló a continuar esta carrera de fondo que es la literatura.
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La luminosa oscuridad de Frank Castell

martes, abril 29, 2014
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Un poema de Salmos oscuros, de Frank Castell

Frank Castell, poeta cubano, tiene circunstancia, azul y hondura para padecer el mundo en la palabra.
Siente como pocos la patria y su tristeza, el mar inexorable y el dolor de saberse tan humano como breve. Profeta, Frank es la voz que clama en el desierto azul del fantasma que envuelve a Puerto Padre. Por su boca hablan los poetas grandes, quizá sea su boca la boca de la sombra, quizá por ella hable también su padre y el padre de su padre y los ojos y los rizos de Tartessos, extrañada en La Habana, la capital más triste...

Salmos oscuros pero luminosos. Luz a doler. Poeta Frank de la noche a la sur, de la mañana al norte. Voz crucificada en medio de la nada. Voz enzarzada en la recurrente disputa con el ángel. Y la escala ahí tendida, recortada oscuramente en el luminoso azul de Puerto Padre.

Parece desesperanza, pero no lo es. La belleza que mira Frank Castell con sus ojos hechizados es la de un mundo recién creado. Ese mundo le ha explotado a él, al poeta, ante la mirada en la primera hora de la creación. El poeta de esta palabra dolorosa ha proferido a Dios. El poeta lo profetiza. Y a ese Dios o a Dios, oscura, luminosamente, le dice:


Déjame el horizonte,
la música del éxodo,
las mañanas y el juicio
para escribir mi vida.

Salmos oscuros es un libro inquietante, un libro que nos impone la lentitud de un tempo de calvario. Se juega la vida por el verso y en él. Sacraliza, oficia y derrama sus libaciones de palabra. Clama. Perdona. La arena infinita de la playa nombrada por este Adán es nuestro reloj cósmico. El poeta nos ha entregado su palabra. Sobre ella sopla el viento de la creación. Y en ella, salmo oscuro, el profeta nos deletrea el Nombre impronunciable.

Frank Castell, que anda por las calles de la vida en Cuba, es un poeta de los grandes. De esos que nosotros conocimos en los libros: los fusilados, los desterrados, los martirizados. Esos que caminan letra a letra al sacrificio. Esos, que tienen sangre de palabra. Los que llevan asombrados las raíces en las manos. Los que nos bautizan implacables de luz y nos lavan la cara. Los que nos ungen con el sagrado aceite de su verso. Los que nos convierten a su fe de paria y nazareno. Los que nos inician en el misterio de ser un brote humano en una isla, siempre ante el mar y con la historia a cuestas.

María García Esperón
México

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El día sin el sonido de un verso, por Nelton Pérez en Cubaliteraria

domingo, abril 27, 2014
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Fuente: CubaLiteraria

El día sin el sonido de un verso


Nelton Pérez, 23 de abril de 2014

He leído de un tirón Salmos oscuros, del poeta Frank Castell (Las Tunas 1976), poemario publicado por la editorial Oriente, en buena hora para la poesía cubana y que fue presentado en la pasada Feria del Libro. Es un texto que envidio desde el mismo título. Así he comenzado mi presentación el pasado jueves en Nueva Gerona, y como si se tratara de un libro maldito aproveché para leer algunos textos para enganchar al público con una supuesta y futura lectura de algo que, ya advertí, no prestaría a cualquiera. He devorado verso a verso estos salmos de oscuras transparencias, inasibles si uno pretende guardarlos para uno. Me han herido las 67 páginas de este cuaderno armado en tres partes y con una ilustración de cubierta del también poeta Eduard Encina. Salmos oscuros es un acerado estilete para desvicerar de falsedades a su lector: "El curso de la historia es inviolable/ y el poeta es el ser más invisible./ Si yo pudiera convencerme de la realidad no me jugara a diario la vida escribiendo".

Pienso en Vallejo cuando con verso certero nos dejó dicho: "Y me han dolido los cuchillos de esta mesa en todo el paladar". Y también en el narrador Guillermo Vidal –que a mediados del próximo mayo cumple la luctuosa fecha de diez años de ausencia física-, cuando solía contar con particular e inigualable gracia cómo les cerró la puerta de su casa en las narices a un par de jóvenes estudiantes del Pedagógico donde él impartía clases de Literatura porque vinieron a pedir su ayuda. ¡Querían ser escritores…! Y el Guille les recomendó que fueran cualquier otra cosa, que les iría mejor en la vida. Pero los muchachos insistieron. Uno era Osmany Oduardo y el otro bergante -así los llamaba- era Frank Castell. Y ambos se creían poetas, y ya lo eran desde entonces cuando volvieron a tocar a la puerta que se les cerraba contra su aliento. Hasta que el novelista de Matarile, que ya arribó este febrero a sus 20 años y estaba por ese tiempo recién publicada, no tuvo más opción que dejarlos entrar en su cofradía literaria pues tampoco pudo evitarlos con aquel otro título suyo de Se permuta esta casa.

Quizá fuera sacrilegio que yo lea Salmos oscuros, precisamente en Semana Santa. O tal vez no. He aquí la confesión descarnada, aguda y viril de un poeta que clama a Dios: "Dejame el horizonte,/ la música del éxodo,/ las mañanas y el juicio para escribir mi vida".  O antes, cuando advierte que camina sobre una cuerda como si fuese un suicida: "Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz para romper esta costumbre…/ Qué falta, Dios, borrar lo que en mi hondura existe". Y luego de comulgar el hombre poeta con el vacío cotidiano y la tristeza que nunca abandona, y hacer de náufrago frente a la página en blanco un poema como "Heredia y yo", nos desenfunda todos los bolsillos y rincones ocultos: "Es duro que nadie nos comprenda/ y seamos dos hombres/ vencidos por la soledad".

Ya desde la primera página Castell nos avisa de sus próximos desnudos y catarsis poética cuando al final del poema, su primer salmo oscuro, confiesa: "A veces me asusto del monstruo que me habita". Y ya vuelca en cada salmo que nos canta la bilis que hace ácida y áspera las letras de cada uno de sus poemas. ¿Será el salitre del mar?, me digo mientras releo el libro, ahora a brincos entre las páginas que revisito y rememoro donde habita Frank Castell, allá en Puerto Padre con el mar, casi literalmente lamiendo entre ola y ola la puerta de su casa, carcomiéndole mucho más que las rejas del portal. Suerte de poeta, pienso en bien y en mal, tener una casa frente al mar con un barco Ferrocemento varado mar adentro a unos doscientos metros, justamente encallado ante la vista del poeta. Profecía, ya Frank Castell antes de vivir en esta casa había publicado en Letras Cubanas su libro Corazón de barco. Sin dudas por ello asegura en el final del poema "El ciego": "Veo tanto que la náusea y yo nos confundimos". He ahí uno de los misterios que conviven y ocurren a los poetas, como diría Reyna Esperanza, poeta también de la villa Azul, a los poetas, Dios, esos reos inocentes. Frank Castell comparte sus verdades, las que va arrancando de sí mismo, de sus angustias y descubrimientos, pletóricas de asombros, cinismos e ironías que sólo suele ver el ojo sensible de un poeta que reza a Dios sus más oscuros salmos, y no cruza dos dedos cuando asegura que no hay nada peor que el día sin el sonido de un verso.

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Morir en combate aunque no te lo permitan.

sábado, abril 12, 2014
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Fuente: otro Lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura


Palabras in memoriam

Por Frank Castell

Escribir sobre Guillermo Vidal conlleva a adentrarme en el año 1996. Recuerdo que mi amigo Osmany Oduardo me dijo que alguien le habló sobre un hombre medio loco que escribía cosas raras. Por ese entonces nosotros estudiábamos en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey, de Las Tunas, y queríamos ser escritores. De modo que fuimos hasta su casa de Ramón Ortuño 190 y tocamos a su puerta. Su esposa Sol, una mujer extraordinaria que supo padecer las tristezas del Guille hasta sus últimos momentos, nos recibió y nos dijo que Guillermo estaba en Holguín presentando su libro de cuentos Confabulación de la araña. “Vuelvan el jueves a la misma hora”. Y volvimos. Y la puerta se abrió y para sorpresa nuestra nos recibía un hombre de cabellos largos, sin camisa y una voz agradable: “Ah, son ustedes. Pasen.” Pasamos con el temor de sentirnos observados por el autor de Matarile, la novela que llevamos para que nos la autografiara. Pero Guille casi nos detiene con su habitual sonrisa: “Ah, no me jodan”. Tres horas después, luego de llevarle la contraria sobre nuestras intenciones de asumir el riesgo de la literatura, por fin desitió, no sin antes advertirnos: “Ustedes quieren ser escritores. Ustedes no imaginan lo duro que es eso. Miren donde vivo. Miren mi ropa. Ser escritor es buscarse problemas solo por decir lo que otros no se atreven”. Pero mi amigo y yo, mal vistos en la universidad, no teníamos qué perder, así que resistimos los argumentos aquella tarde y comenzamos a visitar al viejo casi todos los días. A partir de ese instante nos convertimos en sus hijos y la vida cultural de la ciudad se abrió para nosotros. Osmany escribía cuentos y yo encontraba más libertad en la poesía. “Tu aliento es de novelista. No lo olvides”, me decía.

Las Tunas era una plaza indiscutible y sus eventos de narrativa convocaban a las figuras que marcaban el ritmo en la Cuba de entonces. Recuerdo que en 1997 se realizó un encuentro de narradores en el municipio Manatí y ese fue el debut de los “hijos de Guillermo”. Francisco López Sacha, Eduardo Heras León, Amir Valle, Raúl Aguiar, Sergio Cevedo, las jóvenes Anna Lidia Vega Serova, Karla Suárez y Adriana Zamora compartieron durante tres días desde las más variadas tendencias del cuento y la novela. Nunca se me olvida la presentación en la Casa del Joven Creador: “Mira, Amir, estos son los efebos que me sueno”.



Guillermo tenía un sentido del humor que hacía de él un hombre simpático. Gracias a eso se sobreponía a las adversidades y las tantas humillaciones que tuvo que soportar. A tal extremo que se enfrentó a un juicio absurdo cuando trabajaba como profesor del Pedagógico. Pero ganó y luego pidió la baja porque su ética le impedía continuar en un sitio de tanto hermetismo. Fueron años duros para él. Años en los que padeció la pobreza y la más estricta vigilancia de censores y falsos amigos. Porque ahora muchos dicen ser sus amigos. Pero cuando él recorría las calles de Las Tunas pocas manos le ayudaban a sostener su corazón inmenso. Haber crecido bajo la protección de él me permitió conocer mejor la esencia de sus historias, las interioridades de personajes de carne y hueso, las mortificaciones y perdones, los tantos perdones. “La gente se horroriza por las cosas que escribo y no saben que es la realidad. Párate en la esquina y escucha. Yo lo hago a diario. Pero molesta. Claro, tiene que molestar.”

Una tarde nos contó de un hecho que le dejó atónito: un hombre fue hasta la puerta de su casa y le pidió entrar para contarle algo que le oprimía un mundo. El señor le dijo: “Yo soy el que tiene que matarte si algo sucede aquí. Por eso vengo a pedirte perdón”. Guillermo lo abrazó y guardó ese secreto. Aunque comprendió la gravedad del asunto, continuó siendo el mismo hombre de fe y amor.

Lo más interesante de ser un autor polémico era que los lectores se robaban sus libros de las bibliotecas porque él sabía captar la esencia de la realidad a través de un discurso nada complaciente y con un elemento que jamás lo abandonó: la verosimilitud. Sus cuentos son joyas que perduran y, sin temor al absoluto, le conceden un lugar en la narrativa cubana de todos los tiempos. Porque la historia decanta y solo quedan los autores auténticos, los que le imprimen sangre, sudor y lágrimas a la obra.

Sin embargo Guillermo prefirió en sus últimos años la novela. Decía que era un género de madurez, que era un saco donde cabía todo. Tal vez pocos sepan que su novela Los cuervos fue escrita en diez días. Una mañana nos encontramos en el patio de la Dirección Provincial de Cultura, donde confluíamos para conversar, y me mostró la convocatoria de un concurso. “Mira, este es el premio que me voy  ganar para tener mi computadora”. Cuando vi las bases apenas le quedaban doce días para cerrar la admisión de obras. “No me digas que vas a escribir la novela”, le dije. “Pues sí. Comienzo por la madrugada a escribir la novela y ya verás”. Recuerdo que la directora de cultura le autorizó a escribir en una computadora de cuatro a siete y treinta de la mañana. El guardia se reía porque solo un loco se enfrentaba a semejante reto. Y escribió la novela y ganó.

Yo trabajaba en el Centro Provincial del Libro cuando terminó la novela La saga del perseguido y fue a imprimirla casi contra reloj para el premio Alejo Carpentier. En una mañana completó el proceso y me la entregó para hacerla llegar a La Habana pues mi esposa de entonces tenía una reunión de trabajo en la capital y la entregaría a Osmany, que residía allí desde el 2001, el paquete donde se apostaba todo para tener por fin una casa. Y volvió a ganar y la casa nunca apareció. En nuestras pláticas nos decía a mí y a Osmany que el sueño de él era una casa con jardín y un perro. Pero Guillermo era una piedra en el zapato de alguien y tal sueño se desvaneció.

Parecía que la suerte le sonreía al publicar Las manzanas del Paraíso por la editorial Plaza Mayor. Estaba contento. Me habló muy bien de su directora Patria Gutiérrez por la forma con que lo trató. Asistió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no invitado por el Instituto Cubano del Libro. No. Plaza Mayor asumía los gastos. Eso me lo contó a su regreso. Él no cabía en el grupo. Él no saldría en ninguno de los reportes de prensa llegados Cuba por más que seguí en la televisión las jornadas de Feria, dedicada a Cuba. La prensa extranjera le preguntó si él era de izquierda o derecha. Su respuesta fue magistral: “Ni de izquierda, ni de derecha. Soy un hombre de Dios”. Fin de todo.

Su muerte me sorprendió. Nunca imaginé que estuviera tan enfermo. Una vez me habló de un viaje a La Habana. Pero no le di importancia. Un hombre de tanta fe, de tanta luz no merecía morir con tantos proyectos en mente. Quería escribir una novela sobre los sucesos de Barbados. Pero desde otra óptica porque un narrador tiene que explorar y convencer. Cuando me dijeron que había muerto, pensé que era una broma. “Guillermo se murió”, me dijo Alberto Méndez aquella tarde de mayo de 2004 mientras caminaba por las calles de Puerto Padre. El viaje a Las Tunas me pareció infinito. Me bajé del camión y fui directo a la Funeraria y al ver a cientos de personas fuera supe que la pesadilla era real. El maestro nos dejaba solos e indefensos. Tarde dura. Tarde imposible de olvidar. Llorábamos todos mientras Radio Victoria trasmitía el funeral y el pueblo comenzaba a crecer y se paralizaba el tráfico. Osmany se le acercó a un poeta que aún trabajaba como agente de la seguridad del estado y le dijo: “Dile a tus amigos que se pueden ir. Ya el viejo se murió. Ya no ofrece ningún peligro”. El hombre se molestó por las palabras de mi amigo y se lo comentó a Carlos Téllez, poeta y amigo en las buenas y en las malas de la vida. Cuando el cortejo fúnebre salió comenzaron a ocurrir una cadena de hechos que bien pudieron haber sido escritos por Vidal. La Banda de Conciertos tocó la  Marcha del 26 de julio y las gentes quedaron paralizadas. Sabían que el autor de libros como Se permuta esta casa, Las manzanas del paraíso, El quinto Sol,  no soportaba los formalismos, ni las ceremonias. Pero de todas formas aquello continuó in crescendo. Quiso la casualidad que esa tarde en la ciudad se celebrara “El son más largo del mundo”, como parte del Festival CubaDisco. Una orquesta de cuyo nombre no quiero acordarme interpretaba su música y al pasar nosotros por una calle cercana la música siguió y la gente continuó tragando el dolor y la impotencia. Ya en el cementerio no aparecía la llave de entrada para abrir un candado. Se buscó una alternativa. Pero se cometió el penúltimo desliz de la jornada: un locutor pronunció unas palabras lapidarias: “Invitamos a que pasen a darle el último adiós a familiares, dirigentes y escritores venidos de otras provincias”. La música de fondo sentenciaba el absurdo. En las afueras del Cementerio Vicente García, el pueblo era obligado a ver desde lejos el adiós al hombre que dijo una vez: “Si nos dividen, nos joden”. Lloramos mientras Edel Morales despedía el duelo. Para cerrar con broche de oro tuvo que comenzar tres veces la lectura porque el audio era un desastre.

El 10 de febrero de 2005, día de su cumpleaños, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el sitio donde se sentaba a conversar con los amigos, nos encontramos, por iniciativa de Amir Valle, quienes lo amamos para recordarlo. Freddy Laffita cantó un tema que al Guille le gustaba mucho. Yo leí un poema. Pero lo más llamativo de aquello fue que, a la hora de comenzar el homenaje, por una bocina ubicada cerca de La Comandancia, dio inicio un pitido que solo acabó al final del encuentro. Estábamos molestos. Parecía que una mano oculta estaba detrás del sabotaje. Pero Heras León me calmó al decir que no había que molestarse porque era evidente de que el Guille se reía de nosotros desde el cielo.

Me duele mucho recordar. Me duele ver el olvido.  Me duele que no haya un libro sobre él. Me duele que ahora todos digan que fueron amigos de Guillermo. Él que amaba a Las Tunas, aunque el sentimiento no era recíproco. Él, que cuando viajaba sentía inmensos deseos de volver a su aldea. Él, que perdonó a los que nunca perdonaron su compromiso con la verdad. Él, con sandalias y con unos cojones del tamaño de su obra. Por eso recuerdo las palabras de Ramiro Duarte, enfatizadas por Carlos Téllez hace unos días en Las Tunas, en presencia de Sol, su ángel, su amor: “Guillermo Vidal Ortiz fue un escritor que murió en combate”.

 Puerto Padre, 23 de marzo de 2014

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