En un parque de Las Tunas, por Frank Castell

martes, noviembre 12, 2013
Frank Castell
Frank Castell

La literatura es un oficio ingrato, nos dijo Guillermo Vidal aquella tarde de 1996 en su pequeña casa de Ramón Ortuño No.190, en Las Tunas. Por aquel entonces Osmany Oduardo y yo estudiábamos en el Instituto Superior Pedagógico y soñábamos con ser grandes escritores.

Alguien nos dijo que había un hombre que escribía novelas rarísimas, llenas de palabras filosas, pero a la vez profundas. De modo que decidimos visitarlo para ver si nos ayudaba en nuestro caro empeño.

Nos recibió su mujer, lamentando la ausencia del autor de Matarile. “Está fuera de la provincia, presentando su libro de cuentos Confabulación de la araña, vengan el jueves”.

Y así fue.

El jueves, poco después de almuerzo, tocamos a su puerta. Nos sorprendió un hombre de unos cuarenta y cinco años, barbudo y con el cabello largo, con una sonrisa, ¡Ah, son ustedes, pasen!

La tarde fue maravillosa, pero trató de disuadirnos de nuestro empeño. “¿Ustedes no ven como yo vivo? Miren mi casa, mi ropa, lo que tengo para comer. Esta (la Literatura) es una carrera difícil. Te buscas problemas. Caes mal. No tienes dinero. En fin, estás jodido”, concluyó.

Las razones, viniendo de un escritor acechado por lectores que se robaban sus libros de las bibliotecas, parecían ser concluyentes. Sin embargo por más que lo intentó, no pudo cambiar nuestra decisión: seremos escritores, vale la pena correr el riesgo.

Poco tiempo después, en un parque de La Habana, sitio donde confluíamos mi amigo y yo para hablar de proyectos, concursos y nuestras miserias materiales, recuerdo discutíamos sobre uno de los tantos poemas incoherentes míos. Así pasábamos las horas de hambre y sed ante los ojos de turistas felices de vacacionar en Cuba.

Por lo general cuando alguien decide dedicar su tiempo a la literatura, y si lo que escribe está signado por la razón de llevar la realidad, cruda e insoportable de esta Isla, tiene que pasar por obstáculos que, de no flaquear la voluntad, llevan a uno hasta la más absoluta pobreza. Las Tunas tiene eso, a uno le queda el consuelo de recorrer sus calles y escribir. Eso.

Mi amigo y yo conocíamos el riesgo de seguir las huellas de César Vallejo, Miguel Hernández, León Felipe y de otros que sangraron su obra. Eran el espejo. No sabía a dónde irían, pero estaban conscientes de que llegaría a donde se lo propusieran. En ese parque, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos sucedió algo que aunque queramos, difícilmente olvidemos. Todas las tardes por los alrededores del parque un personaje aparecía: eran un loco, muy simpático, al que se le conocía por “Asere”, porque decía siempre: “Asere, dame una moneda para comer”. Unos le daban su monedita; otros le ofendían.

A mí me molestaba su presencia porque se parecía a mi tío Tomás, un hombre al que la bebida lo redujo a perro callejero. Asere tenía el cabello rubio y una nariz tan larga como la de Cyrano de Bergerac. Recitaba poemas y hacía piruetas, muchas piruetas, para luchar algo de dinero.

No digo que eran tiempos difíciles porque aquí los tiempos siempre han sido difíciles. Nosotros, jóvenes poetas de una promoción fragmentada e incoherente, escribíamos poemas que ahora, después de varios años, es que comprendemos.

Una de esas tardes se nos acercó porque éramos unos tipos raros, con pinta de turistas, a los cuales veía en el mismo banco del parque. “Asere, dame una moneda para comprarme algo de comer”, extendiendo la mano. Mi amigo lo miró como un inquisidor y le dijo de forma tajante: “¿Tú no te das cuenta que nosotros somos poetas? ¿No te das cuenta que nosotros permanecemos en este parque pensando y escribiendo?” El loquito vaciló un poco, quizás convencido de su falta, y en voz baja respondió: Ah, poetas, son poetas. Introdujo la mano en su bolsillo, sacó una moneda de un peso y nos la entregó. “Perdonen, perdonen, perdonen”, y se fue saltando hacia donde se encontraba un turista, con la esperanza de tener mejor suerte…, que nosotros.

Por eso me vienen a la mente unos versos del poeta Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé: “Se sabe de muy viejo que un poeta/ es rareza que cargue una peseta.”//

3 comentarios:

{ Caldeandrín Ediciones } at: 14 de noviembre de 2013, 10:16 dijo...

Conmovedor relato. Te recuerdo, Frank, en aquellos primeros tiempos. Recuerdo a Osmany, medio tímido y sin hablarnos como paisanos que somos. Recuerdo aquellos consejos de Guillermo Vidal. Y recuerdo a Asere. Fue ingeniero, también le decían así, Ingeniero. Los que por entonces íbamos a la Casa del Joven Creador a leer poemas inéditos, a subastar libros de Vargas Llosa, de Bukovski y de Lezama, los que tomábamos té con ron, bien caliente, a las cuatro de la tarde, salíamos de allí y dábamos a Asere un peso que él convertía más tarde en un trago de ron. Pero brinda a mi salud, decíamos. Y él prometía que sí, que brindaría, pero la cosa está mala, asere, decía. Mayda Anias

{ María García Esperón } at: 14 de noviembre de 2013, 20:19 dijo...

Comentario de Jorge Luis Peña Reyes:

Esa historia de mi hermano Frank era la historia que más hacíamos para revelar la sensibilidad de los que no podían y aún así daban, fueron días duros, pero iluminados con anécdotas que nos nutrían los primeros pasos de escritores sin libros, durante los días de bohemia y de libros prohibidos que pasaban de mano en mano, día de hambre y de buena música en casa de trovadores amigos. Yo nunca renegaré de esos días primeros de la creación y de los talleres en medio de los pasillos, de las madrugadas en que deambulamos depués de criticarnos hasta el título de la obra. Así nacimos a la literatura.

{ María García Esperón } at: 14 de noviembre de 2013, 20:24 dijo...

Comentario de María García Esperón:

La cosa está mala, decía Asere... y sin embargo, por lo leído, eran los buenos tiempos... La poesía, como el amor en el relato platónico, es a la vez rica y menesterosa. Precioso el Asere dando el peso a los poetas. Y buenos tiempos también son estos cuando se tiene, como ustedes, corazón de poeta.

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