Los salmos de Frank Castell

sábado, junio 28, 2014
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Fuente: Claustrofobias

Luis Lexandel Pita

Este quinto libro de Frank Castell (Las Tunas 1976) –autor que ha cultivado también la décima y el ensayo, lo cual se nota en su estilo- Poco difiere, en su factura de los cinco que le preceden – El suave ruido de las sombras, Confesiones a la eternidad, Corazón de barco, y Final del día- obras todas ellas caracterizadas por el peso que la escritura tiene en el universo poético, a expensas de otros elementos.
Salmos oscuros la nueva entrega de este tunero es un libro de una belleza turbadora, tan excepcional como inolvidable, por las páginas de este libro pasan, Las aves que se manchan a un cielo gris, la distancia, el dolor, la tempestad, el viento, aguaceros y toda las formas de la lluvia, hay caballos, muchos caballos y galopadas, hay ciudades y calles y el dolor que nos hace más frágil, también hay gentes, algunos muy conocidos, otros menos todo compañeros de rutas. Hay barcos, agua, naufragios, barrios exóticos, la clara señal de Dios y las palabras de la gente que están en el camino ¨ Miro el malecón desde lejos y doblo a la derecha para arrancarme lo que sobra. Solo con mi patria a cuestas y el cielo atravesado en mi pupila¨ se refiere el poeta.
Salmos oscuros es un salto a la placidez, la inversión de una lógica inquietante. Como se refiere en algún poema. Frank Castell es un hombre que siempre procuró mantener largas conversaciones con su sombra al igual que David Herbert Richards Lawrence. Lo mejor de esta obra es su representación del mundo, de sus costumbres y su intimidad, mientras que el mensaje poético es más que una sugerencia, una invitación a interpretar las actitudes de la vida.
Sé que para Frank Castell escribir sobre la propia vida no es fácil. A escribir con fortuna me refiero. Es un privilegio de unos pocos. No es fácil conservar el corazón en calma a la hora de escribir de los lugares recónditos y los menos recónditos de la propia vida y menos todavía lo es no ocuparse en exceso de componer el gesto, la figura, y escribir con una elemental verdad, no de unos personajes que saltan por las tablas del teatro de la memoria, sino personas que igual de frágiles que sus semejantes, sus hermanos, sus hipócritas lectores, toman la pluma y escribe ¨ Odio los días sin morir./ Lejos de la página… ¨ con esa sencillez de quien habla con las palabras verdaderas.
Hay escritores que viven para contarlo y escritores que viven o vivimos porque escribimos, no por otra cosa, o al menos lo parece. Luego resulta que las cosas son siempre algo más confusas, más turbias, más aproximativas. De la misma manera que hay escritores que son aventureros pasivos y otros, que no son hombres de aventuras sino hombres de acción, vagabundos, esto es, gente que viven en el viaje, en la nada aunque este (o precisamente por eso) les conduzca al punto de partida << busco…esa distancia/ entre las grandes ciudades/ y mi desnuda patria. >>
Y es que leer a Frank Castell es a veces (y es mi criterio) enfrentarse a Ángel Escobar, porque sus poéticas es como una máquina literaria de crear interés, es decir su poesía (las de ambos) se pueden leer de una sola sentada, esa es mi definición quizás la más enloquecida y a la vez la más científica, pero sencillamente es mi tesis sobre un libro que en su conjunto ofrece cualidades de fijeza y en cierto modo de armonía que permiten al lector volver a plantearse el conflicto que supone la antítesis entre la vida y la muerte; y el contraste entre la fantasía poética y la sórdida, esta realidad explica el movimiento pendular entre optimismo y pesimismo de sus creaciones, y por último si hubiera que destacar un solo rasgo común a la poesía y a la persona Castell, sin embargo, este sería el dolor. El dolor es el elemento que impregna todos sus escritos, ya de modo subyacente, ya emergiendo a la superficie; el dolor en todos sus aspectos: pasional, filial, insular, el dolor a la verdad y la justicia que es su poesía, en último término lo que rige su vida. Esa búsqueda poética que le hace avanzar siempre en pos de una mayor autenticidad, entrega y perfección -adecuación- en su obra, donde continuamente, con desbordante generosidad, hace presentes a los demás poetas de su generación.

Matanzas, verano de un día de 2014
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La poesía puede estremecer los cimientos de una nación

lunes, junio 02, 2014
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La poesía puede estremecer los cimientos de una nación

Fuente: Juventud rebelde

Frank Castell González llegó a la poesía desde muy joven. Era ajedrecista y estudiaba en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) de Las Tunas, cuando participó en un taller literario

José Luis Estrada Betancourt
estrada@juventudrebelde.cu
31 de Mayo del 2014 19:35:40 CDT
 
Frank Castell González llegó a la poesía desde muy joven. Era ajedrecista y estudiaba en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) de Las Tunas, cuando participó en un taller literario, gracias a su amigo Isael Pérez Campos, lamentablemente fallecido. Ese hecho marcó sus inicios, antes de matricular en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey. «Un período intenso que recuerdo con satisfacción, porque no fui un alumno excelente, pero supe aprovechar ese tiempo», reconoce.
Tampoco olvida la etapa en que casi todas las tardes iba con Osmany Oduardo a casa de Guillermo Vidal, a conversar sobre los proyectos, las preocupaciones y los demonios que acechan al escritor. «Guillermo se convirtió en un padre, por eso la mejor manera de rendirle homenaje es asumir con responsabilidad todo cuanto escribo, porque la vida está llena de tristeza. De hecho, mis poemas son una coraza para vencer el olvido del presente». Y para demostrarlo, ahí está su más reciente poemario Salmos oscuros, que vio la luz en la pasada Feria Internacional del Libro y que acaba de presentarse en la VI Jornada literaria Orígenes, que organiza la Asociación Hermanos Saíz de Contramaestre, en Santiago de Cuba.
—Por un buen tiempo estuviste muy al acecho de concursos literarios. ¿Valió la pena?
—Cuando se es joven y se busca atraer la mirada de críticos e instituciones, los concursos ofrecen la oportunidad de darse a conocer e ingresar a la Asociación Hermanos Saíz. Durante los años 90 del pasado siglo, era casi la única manera de publicar. De modo que concursé y alcancé algunos premios nacionales, mientras en Las Tunas se me abrieron las puertas a las publicaciones.
«Los premios no son un medidor de la calidad de un escritor, pero sí un estímulo para continuar trabajando. En la actualidad apenas concurso, porque cada día es más difícil salir victorioso de las modas de este tiempo. Me horroriza el nivel de cabildeo que existe y la desventaja de los que estamos fuera del circuito de vencedores que prevalece ahora. Soy poeta que escribe lo que siente y padece. No someto mi obra para ganar un premio. Para mí el reconocimiento mayor es el aplauso o la llamada de alguien que no conozco, pero que se identifica con mi poesía».
—Tienes cinco libros publicados y apareces en más de 15 antologías nacionales e internacionales. Entonces, el fatalismo no te ha afectado tanto pese a vivir en Puerto Padre. ¿Qué le debe tu obra literaria a esa tierra?
—Puerto Padre constituye un municipio con una tradición cultural muy grande. Es la tierra de Emiliano Salvador, Juan Pablo Torres y Enrique Peña, por solo citar a tres figuras importantes. Aquí nacieron mis proyectos literarios motivados por el distanciamiento de los círculos «de poder»: dígase viajes al exterior, eventos importantes, acceso a la promoción. Llevo diez años en este lugar escribiendo como un desesperado náufrago, porque tengo un compromiso con el tiempo, y mi obra es testimonio de este país. En los pequeños pueblos de Cuba se viven intensas historias, conflictos más trascendentes que en La Habana o en cualquier otra ciudad.
«Me molesta que directivos e incluso colegas se sorprendan al escuchar mis textos o los de otro autor de esta zona. No hay necesidad de que esto suceda si existiera la promoción adecuada. Una vez lo dije en la capital: “soy de Las Tunas, un lugar lejano de La Habana, pero muy cerca del mundo”. El fatalismo no me ha afectado de forma tan directa porque trabajo y leo, y no siento temor a escribir lo que algunos prefieren callar».
—Escribes teatro, narrativa, críticas artístico-literarias, pero el mayor peso de tu creación recae en la poesía. ¿Por qué? ¿Consideras que todavía esta se puede vender?
—La poesía es un género de trascendencia. Durante años la asumo como una voz necesaria. Ahora se está dando un fenómeno en las editoriales cubanas relacionado con el mercado y con publicar lo que vende. Hay algo que no se debe descuidar, y es la promoción del libro. Un libro de poesía se puede vender si se realiza una buena campaña promocional y se buscan los espacios idóneos para su distribución y venta. Se necesita más profesionalidad en las instituciones culturales para lograr un mayor impacto.
«En 2003 tuve la oportunidad de recorrer el país en la gira La Estrella de Cuba, junto a poetas y trovadores. Nos presentamos en muchos lugares. Llenamos parques, teatros, y el público se identificó y compró los libros. Eso dice mucho. Hay que tener cuidado con la palabra “mercado”. Debe existir equilibrio. Hace unos días conversé con el poeta Roberto Manzano sobre este tema, quien me alertó con la mirada puesta en el futuro: “Estoy preparado para realizar autoediciones si en el peor de los casos se impusiera el mercado sobre el arte”».
—Dentro de la poesía, la décima te atrae especialmente...
—Me inicié escribiendo décima y lo agradezco. La décima me ofreció el camino: empezar bien y cerrar el poema de forma contundente. Tuve la suerte de pertenecer al taller literario Cucalambé, que dirigía el poeta Carlos Téllez. Éramos jóvenes que comenzábamos a despuntar: Osmany Oduardo, Jorge Luis Peña Reyes, José Alberto Velázquez, Ray Faxas. Éramos la continuidad de Guillermo Vidal, Ramiro Duarte, Alberto Garrido, Carlos Esquivel, y teníamos unos inmensos deseos de escribir. La décima en los años 90 hizo aportes a la poesía cubana, y Las Tunas era parte de esa revolución, porque confluían autores de todas partes de Cuba como José Luis Serrano, Ronel González, Yamil Díaz, Jesús David Curbelo, Alexis Díaz Pimienta. Pero también estaba un libro tan contundente como Hambre del piano, de Carlos Téllez.
«La décima me enseñó que la poesía es síntesis, es fuerza. Por eso mi primer libro, El suave ruido de las sombras, lo escribí de esa manera. En 2012 cerré el ciclo de la décima con Final del día, una deuda con esos años duros y hermosos del taller literario. Ahora me mueve más el verso libre. En sus “aguas” me siento con mayor seguridad. Pero agradezco, de esos primeros años, la presencia de la décima, el filo implacable de su música».
—Tu más reciente publicación, Salmos oscuros (Editorial Oriente, 2013), ha sido muy elogiada. ¿Cuáles fueron las motivaciones que te llevaron a escribirla?
—Es un libro que nació del dolor y de las preguntas difíciles que me hago todos los días. Preguntas que respondo con la mayor honestidad posible, porque el poeta es un cronista del tiempo que le toca vivir. Lo entregué a la Editorial Oriente y para sorpresa mía fue aprobado. La ilustración de cubierta es de mi amigo, el poeta y artista de la plástica Eduard Encina, un intelectual que asume su obra con valor en un lugar llamado Baire, donde hay más poesía de la que se piensa. El libro se presentó en la Feria Internacional de La Habana y en Las Tunas.
«Son poemas que van a la esencia de la Cuba de hoy. Quien se adentre en sus páginas podrá conocer cómo piensa y sobrevive Frank Castell. Salmos oscuros es mi forma de reafirmar que la poesía, aunque esté en desventaja respecto a otros géneros literarios, y sea vista como que interesa solo a minorías, puede estremecer los cimientos de una nación».
—Igual apareces en Poderosos pianos amarillos. Poemas cubanos a Gastón Baquero, de Ediciones La Luz...
—Ediciones La Luz, en el tiempo que   tiene de fundada, ha asumido una labor editorial interesante. Poderosos pianos amarillos… es una antología que se le «escapó» a La Habana, y eso demuestra que desde las provincias se gestan proyectos atractivos y competentes. Además del homenaje a Gastón Baquero, habían salido dos selecciones con resonancia: La Isla en versos y Todo un cortejo caprichoso. Hay que resaltar que de La Isla… se logró grabar 25 de los cien poetas recogidos en ella y se realizó un audiolibro en el que por suerte estoy. Luis Yuseff y su joven y dinámico equipo de trabajo merecen el reconocimiento de artistas y directivos por llevar a la práctica ideas tan buenas.
—¿A qué le atribuyes que Naufragios, un texto que contiene cinco piezas teatrales, aún permanezca inédito? Bueno, es la suerte que también están corriendo Confesiones de papel (entrevistas y reseñas), Los hijos de Caín (novela), así como Fragmentos de Isla, Caída Libre y Teatro de la noche (poesía).
—Soy en esencia poeta. Respeto mucho el resto de los géneros literarios. Por eso no me molesta que esos textos se mantengan inéditos. Soy muy exigente con mi obra y, aunque me gustaría verlos publicados, prefiero se den a conocer cuando estén creadas las condiciones. Sé que todavía estoy ante los tantos caminos que la literatura dispone para mí. Por ahora me queda la satisfacción de disfrutarlos en silencio desde la soledad de mi casa. El tiempo dirá la última palabra.
—¿Qué sucedió con Los reyes solitarios, aquella novela que escribías sobre el mundo del ajedrez?
—Los reyes solitarios es mi deuda con el ajedrez. La comencé a escribir en el año 2003 mientras pasaba por una etapa compleja de mi vida: el divorcio. Fue gratificante, aunque duro, levantarme todos los días a las tres y treinta de la madrugada y caminar varios kilómetros hasta el Centro Provincial del Libro para trabajar hasta cerca de las siete de la mañana. Es un compromiso que tuve con Guillermo Vidal y por razones diversas no pude concretar. Pero sé que pronto estará lista, para que el lector sea parte de esa historia de ficción con elementos de la realidad.
—Coméntame sobre la revista de pensamiento literario Quijotes.
—Esta revista representa el sueño de varios amigos de darle a Puerto Padre ubicación en el mapa cultural del país. Es un proyecto ambicioso que tiene tres números publicados. Ahora está al salir un dossier sobre el erotismo desde diferentes puntos de vista. Comenzamos en formato digital, pero aspiramos a que se imprima y se distribuya por toda la Isla. Estamos en el engorroso trámite de legalización para la búsqueda de apoyo financiero. Sería excelente que cristalizara, porque es una propuesta interesante.
—¿Qué te aportó formar parte, en cierto momento, del proyecto cultural La Isla en el Centro, que organizan el Centro Dulce María Loynaz y el Instituto Cubano del Libro?
—La Isla en el Centro significó ir a La Habana y participar en varias actividades. Resultó grato compartir mis poemas en la librería Fayad Jamís, en el espacio Aire de luz. Una tarde espléndida, porque asistieron muchas personas a escucharnos a María Liliana Celorrio y a mí. También participé en el programa A trasluz, una entrevista con el poeta, narrador y crítico Jesús David Curbelo. Es necesario que los escritores se integren de forma sistemática a la vida cultural de la capital, para que la crítica conozca lo que se escribe más allá de sus muros. Fue una experiencia que me estimuló a continuar esta carrera de fondo que es la literatura.
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La luminosa oscuridad de Frank Castell

martes, abril 29, 2014
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Un poema de Salmos oscuros, de Frank Castell

Frank Castell, poeta cubano, tiene circunstancia, azul y hondura para padecer el mundo en la palabra.
Siente como pocos la patria y su tristeza, el mar inexorable y el dolor de saberse tan humano como breve. Profeta, Frank es la voz que clama en el desierto azul del fantasma que envuelve a Puerto Padre. Por su boca hablan los poetas grandes, quizá sea su boca la boca de la sombra, quizá por ella hable también su padre y el padre de su padre y los ojos y los rizos de Tartessos, extrañada en La Habana, la capital más triste...

Salmos oscuros pero luminosos. Luz a doler. Poeta Frank de la noche a la sur, de la mañana al norte. Voz crucificada en medio de la nada. Voz enzarzada en la recurrente disputa con el ángel. Y la escala ahí tendida, recortada oscuramente en el luminoso azul de Puerto Padre.

Parece desesperanza, pero no lo es. La belleza que mira Frank Castell con sus ojos hechizados es la de un mundo recién creado. Ese mundo le ha explotado a él, al poeta, ante la mirada en la primera hora de la creación. El poeta de esta palabra dolorosa ha proferido a Dios. El poeta lo profetiza. Y a ese Dios o a Dios, oscura, luminosamente, le dice:


Déjame el horizonte,
la música del éxodo,
las mañanas y el juicio
para escribir mi vida.

Salmos oscuros es un libro inquietante, un libro que nos impone la lentitud de un tempo de calvario. Se juega la vida por el verso y en él. Sacraliza, oficia y derrama sus libaciones de palabra. Clama. Perdona. La arena infinita de la playa nombrada por este Adán es nuestro reloj cósmico. El poeta nos ha entregado su palabra. Sobre ella sopla el viento de la creación. Y en ella, salmo oscuro, el profeta nos deletrea el Nombre impronunciable.

Frank Castell, que anda por las calles de la vida en Cuba, es un poeta de los grandes. De esos que nosotros conocimos en los libros: los fusilados, los desterrados, los martirizados. Esos que caminan letra a letra al sacrificio. Esos, que tienen sangre de palabra. Los que llevan asombrados las raíces en las manos. Los que nos bautizan implacables de luz y nos lavan la cara. Los que nos ungen con el sagrado aceite de su verso. Los que nos convierten a su fe de paria y nazareno. Los que nos inician en el misterio de ser un brote humano en una isla, siempre ante el mar y con la historia a cuestas.

María García Esperón
México

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El día sin el sonido de un verso, por Nelton Pérez en Cubaliteraria

domingo, abril 27, 2014
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Fuente: CubaLiteraria

El día sin el sonido de un verso


Nelton Pérez, 23 de abril de 2014

He leído de un tirón Salmos oscuros, del poeta Frank Castell (Las Tunas 1976), poemario publicado por la editorial Oriente, en buena hora para la poesía cubana y que fue presentado en la pasada Feria del Libro. Es un texto que envidio desde el mismo título. Así he comenzado mi presentación el pasado jueves en Nueva Gerona, y como si se tratara de un libro maldito aproveché para leer algunos textos para enganchar al público con una supuesta y futura lectura de algo que, ya advertí, no prestaría a cualquiera. He devorado verso a verso estos salmos de oscuras transparencias, inasibles si uno pretende guardarlos para uno. Me han herido las 67 páginas de este cuaderno armado en tres partes y con una ilustración de cubierta del también poeta Eduard Encina. Salmos oscuros es un acerado estilete para desvicerar de falsedades a su lector: "El curso de la historia es inviolable/ y el poeta es el ser más invisible./ Si yo pudiera convencerme de la realidad no me jugara a diario la vida escribiendo".

Pienso en Vallejo cuando con verso certero nos dejó dicho: "Y me han dolido los cuchillos de esta mesa en todo el paladar". Y también en el narrador Guillermo Vidal –que a mediados del próximo mayo cumple la luctuosa fecha de diez años de ausencia física-, cuando solía contar con particular e inigualable gracia cómo les cerró la puerta de su casa en las narices a un par de jóvenes estudiantes del Pedagógico donde él impartía clases de Literatura porque vinieron a pedir su ayuda. ¡Querían ser escritores…! Y el Guille les recomendó que fueran cualquier otra cosa, que les iría mejor en la vida. Pero los muchachos insistieron. Uno era Osmany Oduardo y el otro bergante -así los llamaba- era Frank Castell. Y ambos se creían poetas, y ya lo eran desde entonces cuando volvieron a tocar a la puerta que se les cerraba contra su aliento. Hasta que el novelista de Matarile, que ya arribó este febrero a sus 20 años y estaba por ese tiempo recién publicada, no tuvo más opción que dejarlos entrar en su cofradía literaria pues tampoco pudo evitarlos con aquel otro título suyo de Se permuta esta casa.

Quizá fuera sacrilegio que yo lea Salmos oscuros, precisamente en Semana Santa. O tal vez no. He aquí la confesión descarnada, aguda y viril de un poeta que clama a Dios: "Dejame el horizonte,/ la música del éxodo,/ las mañanas y el juicio para escribir mi vida".  O antes, cuando advierte que camina sobre una cuerda como si fuese un suicida: "Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz para romper esta costumbre…/ Qué falta, Dios, borrar lo que en mi hondura existe". Y luego de comulgar el hombre poeta con el vacío cotidiano y la tristeza que nunca abandona, y hacer de náufrago frente a la página en blanco un poema como "Heredia y yo", nos desenfunda todos los bolsillos y rincones ocultos: "Es duro que nadie nos comprenda/ y seamos dos hombres/ vencidos por la soledad".

Ya desde la primera página Castell nos avisa de sus próximos desnudos y catarsis poética cuando al final del poema, su primer salmo oscuro, confiesa: "A veces me asusto del monstruo que me habita". Y ya vuelca en cada salmo que nos canta la bilis que hace ácida y áspera las letras de cada uno de sus poemas. ¿Será el salitre del mar?, me digo mientras releo el libro, ahora a brincos entre las páginas que revisito y rememoro donde habita Frank Castell, allá en Puerto Padre con el mar, casi literalmente lamiendo entre ola y ola la puerta de su casa, carcomiéndole mucho más que las rejas del portal. Suerte de poeta, pienso en bien y en mal, tener una casa frente al mar con un barco Ferrocemento varado mar adentro a unos doscientos metros, justamente encallado ante la vista del poeta. Profecía, ya Frank Castell antes de vivir en esta casa había publicado en Letras Cubanas su libro Corazón de barco. Sin dudas por ello asegura en el final del poema "El ciego": "Veo tanto que la náusea y yo nos confundimos". He ahí uno de los misterios que conviven y ocurren a los poetas, como diría Reyna Esperanza, poeta también de la villa Azul, a los poetas, Dios, esos reos inocentes. Frank Castell comparte sus verdades, las que va arrancando de sí mismo, de sus angustias y descubrimientos, pletóricas de asombros, cinismos e ironías que sólo suele ver el ojo sensible de un poeta que reza a Dios sus más oscuros salmos, y no cruza dos dedos cuando asegura que no hay nada peor que el día sin el sonido de un verso.

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Morir en combate aunque no te lo permitan.

sábado, abril 12, 2014
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Fuente: otro Lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura


Palabras in memoriam

Por Frank Castell

Escribir sobre Guillermo Vidal conlleva a adentrarme en el año 1996. Recuerdo que mi amigo Osmany Oduardo me dijo que alguien le habló sobre un hombre medio loco que escribía cosas raras. Por ese entonces nosotros estudiábamos en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey, de Las Tunas, y queríamos ser escritores. De modo que fuimos hasta su casa de Ramón Ortuño 190 y tocamos a su puerta. Su esposa Sol, una mujer extraordinaria que supo padecer las tristezas del Guille hasta sus últimos momentos, nos recibió y nos dijo que Guillermo estaba en Holguín presentando su libro de cuentos Confabulación de la araña. “Vuelvan el jueves a la misma hora”. Y volvimos. Y la puerta se abrió y para sorpresa nuestra nos recibía un hombre de cabellos largos, sin camisa y una voz agradable: “Ah, son ustedes. Pasen.” Pasamos con el temor de sentirnos observados por el autor de Matarile, la novela que llevamos para que nos la autografiara. Pero Guille casi nos detiene con su habitual sonrisa: “Ah, no me jodan”. Tres horas después, luego de llevarle la contraria sobre nuestras intenciones de asumir el riesgo de la literatura, por fin desitió, no sin antes advertirnos: “Ustedes quieren ser escritores. Ustedes no imaginan lo duro que es eso. Miren donde vivo. Miren mi ropa. Ser escritor es buscarse problemas solo por decir lo que otros no se atreven”. Pero mi amigo y yo, mal vistos en la universidad, no teníamos qué perder, así que resistimos los argumentos aquella tarde y comenzamos a visitar al viejo casi todos los días. A partir de ese instante nos convertimos en sus hijos y la vida cultural de la ciudad se abrió para nosotros. Osmany escribía cuentos y yo encontraba más libertad en la poesía. “Tu aliento es de novelista. No lo olvides”, me decía.

Las Tunas era una plaza indiscutible y sus eventos de narrativa convocaban a las figuras que marcaban el ritmo en la Cuba de entonces. Recuerdo que en 1997 se realizó un encuentro de narradores en el municipio Manatí y ese fue el debut de los “hijos de Guillermo”. Francisco López Sacha, Eduardo Heras León, Amir Valle, Raúl Aguiar, Sergio Cevedo, las jóvenes Anna Lidia Vega Serova, Karla Suárez y Adriana Zamora compartieron durante tres días desde las más variadas tendencias del cuento y la novela. Nunca se me olvida la presentación en la Casa del Joven Creador: “Mira, Amir, estos son los efebos que me sueno”.



Guillermo tenía un sentido del humor que hacía de él un hombre simpático. Gracias a eso se sobreponía a las adversidades y las tantas humillaciones que tuvo que soportar. A tal extremo que se enfrentó a un juicio absurdo cuando trabajaba como profesor del Pedagógico. Pero ganó y luego pidió la baja porque su ética le impedía continuar en un sitio de tanto hermetismo. Fueron años duros para él. Años en los que padeció la pobreza y la más estricta vigilancia de censores y falsos amigos. Porque ahora muchos dicen ser sus amigos. Pero cuando él recorría las calles de Las Tunas pocas manos le ayudaban a sostener su corazón inmenso. Haber crecido bajo la protección de él me permitió conocer mejor la esencia de sus historias, las interioridades de personajes de carne y hueso, las mortificaciones y perdones, los tantos perdones. “La gente se horroriza por las cosas que escribo y no saben que es la realidad. Párate en la esquina y escucha. Yo lo hago a diario. Pero molesta. Claro, tiene que molestar.”

Una tarde nos contó de un hecho que le dejó atónito: un hombre fue hasta la puerta de su casa y le pidió entrar para contarle algo que le oprimía un mundo. El señor le dijo: “Yo soy el que tiene que matarte si algo sucede aquí. Por eso vengo a pedirte perdón”. Guillermo lo abrazó y guardó ese secreto. Aunque comprendió la gravedad del asunto, continuó siendo el mismo hombre de fe y amor.

Lo más interesante de ser un autor polémico era que los lectores se robaban sus libros de las bibliotecas porque él sabía captar la esencia de la realidad a través de un discurso nada complaciente y con un elemento que jamás lo abandonó: la verosimilitud. Sus cuentos son joyas que perduran y, sin temor al absoluto, le conceden un lugar en la narrativa cubana de todos los tiempos. Porque la historia decanta y solo quedan los autores auténticos, los que le imprimen sangre, sudor y lágrimas a la obra.

Sin embargo Guillermo prefirió en sus últimos años la novela. Decía que era un género de madurez, que era un saco donde cabía todo. Tal vez pocos sepan que su novela Los cuervos fue escrita en diez días. Una mañana nos encontramos en el patio de la Dirección Provincial de Cultura, donde confluíamos para conversar, y me mostró la convocatoria de un concurso. “Mira, este es el premio que me voy  ganar para tener mi computadora”. Cuando vi las bases apenas le quedaban doce días para cerrar la admisión de obras. “No me digas que vas a escribir la novela”, le dije. “Pues sí. Comienzo por la madrugada a escribir la novela y ya verás”. Recuerdo que la directora de cultura le autorizó a escribir en una computadora de cuatro a siete y treinta de la mañana. El guardia se reía porque solo un loco se enfrentaba a semejante reto. Y escribió la novela y ganó.

Yo trabajaba en el Centro Provincial del Libro cuando terminó la novela La saga del perseguido y fue a imprimirla casi contra reloj para el premio Alejo Carpentier. En una mañana completó el proceso y me la entregó para hacerla llegar a La Habana pues mi esposa de entonces tenía una reunión de trabajo en la capital y la entregaría a Osmany, que residía allí desde el 2001, el paquete donde se apostaba todo para tener por fin una casa. Y volvió a ganar y la casa nunca apareció. En nuestras pláticas nos decía a mí y a Osmany que el sueño de él era una casa con jardín y un perro. Pero Guillermo era una piedra en el zapato de alguien y tal sueño se desvaneció.

Parecía que la suerte le sonreía al publicar Las manzanas del Paraíso por la editorial Plaza Mayor. Estaba contento. Me habló muy bien de su directora Patria Gutiérrez por la forma con que lo trató. Asistió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no invitado por el Instituto Cubano del Libro. No. Plaza Mayor asumía los gastos. Eso me lo contó a su regreso. Él no cabía en el grupo. Él no saldría en ninguno de los reportes de prensa llegados Cuba por más que seguí en la televisión las jornadas de Feria, dedicada a Cuba. La prensa extranjera le preguntó si él era de izquierda o derecha. Su respuesta fue magistral: “Ni de izquierda, ni de derecha. Soy un hombre de Dios”. Fin de todo.

Su muerte me sorprendió. Nunca imaginé que estuviera tan enfermo. Una vez me habló de un viaje a La Habana. Pero no le di importancia. Un hombre de tanta fe, de tanta luz no merecía morir con tantos proyectos en mente. Quería escribir una novela sobre los sucesos de Barbados. Pero desde otra óptica porque un narrador tiene que explorar y convencer. Cuando me dijeron que había muerto, pensé que era una broma. “Guillermo se murió”, me dijo Alberto Méndez aquella tarde de mayo de 2004 mientras caminaba por las calles de Puerto Padre. El viaje a Las Tunas me pareció infinito. Me bajé del camión y fui directo a la Funeraria y al ver a cientos de personas fuera supe que la pesadilla era real. El maestro nos dejaba solos e indefensos. Tarde dura. Tarde imposible de olvidar. Llorábamos todos mientras Radio Victoria trasmitía el funeral y el pueblo comenzaba a crecer y se paralizaba el tráfico. Osmany se le acercó a un poeta que aún trabajaba como agente de la seguridad del estado y le dijo: “Dile a tus amigos que se pueden ir. Ya el viejo se murió. Ya no ofrece ningún peligro”. El hombre se molestó por las palabras de mi amigo y se lo comentó a Carlos Téllez, poeta y amigo en las buenas y en las malas de la vida. Cuando el cortejo fúnebre salió comenzaron a ocurrir una cadena de hechos que bien pudieron haber sido escritos por Vidal. La Banda de Conciertos tocó la  Marcha del 26 de julio y las gentes quedaron paralizadas. Sabían que el autor de libros como Se permuta esta casa, Las manzanas del paraíso, El quinto Sol,  no soportaba los formalismos, ni las ceremonias. Pero de todas formas aquello continuó in crescendo. Quiso la casualidad que esa tarde en la ciudad se celebrara “El son más largo del mundo”, como parte del Festival CubaDisco. Una orquesta de cuyo nombre no quiero acordarme interpretaba su música y al pasar nosotros por una calle cercana la música siguió y la gente continuó tragando el dolor y la impotencia. Ya en el cementerio no aparecía la llave de entrada para abrir un candado. Se buscó una alternativa. Pero se cometió el penúltimo desliz de la jornada: un locutor pronunció unas palabras lapidarias: “Invitamos a que pasen a darle el último adiós a familiares, dirigentes y escritores venidos de otras provincias”. La música de fondo sentenciaba el absurdo. En las afueras del Cementerio Vicente García, el pueblo era obligado a ver desde lejos el adiós al hombre que dijo una vez: “Si nos dividen, nos joden”. Lloramos mientras Edel Morales despedía el duelo. Para cerrar con broche de oro tuvo que comenzar tres veces la lectura porque el audio era un desastre.

El 10 de febrero de 2005, día de su cumpleaños, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el sitio donde se sentaba a conversar con los amigos, nos encontramos, por iniciativa de Amir Valle, quienes lo amamos para recordarlo. Freddy Laffita cantó un tema que al Guille le gustaba mucho. Yo leí un poema. Pero lo más llamativo de aquello fue que, a la hora de comenzar el homenaje, por una bocina ubicada cerca de La Comandancia, dio inicio un pitido que solo acabó al final del encuentro. Estábamos molestos. Parecía que una mano oculta estaba detrás del sabotaje. Pero Heras León me calmó al decir que no había que molestarse porque era evidente de que el Guille se reía de nosotros desde el cielo.

Me duele mucho recordar. Me duele ver el olvido.  Me duele que no haya un libro sobre él. Me duele que ahora todos digan que fueron amigos de Guillermo. Él que amaba a Las Tunas, aunque el sentimiento no era recíproco. Él, que cuando viajaba sentía inmensos deseos de volver a su aldea. Él, que perdonó a los que nunca perdonaron su compromiso con la verdad. Él, con sandalias y con unos cojones del tamaño de su obra. Por eso recuerdo las palabras de Ramiro Duarte, enfatizadas por Carlos Téllez hace unos días en Las Tunas, en presencia de Sol, su ángel, su amor: “Guillermo Vidal Ortiz fue un escritor que murió en combate”.

 Puerto Padre, 23 de marzo de 2014

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Los salmos luminosos por Jorge Luis Peña Reyes

martes, marzo 11, 2014
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RADIOREVISTA ACTUALIDADES
11 DE MARZO DE 2014/ COMENTARIO


Los salmos luminosos 

Por Jorge Luis Peña Reyes


Una de las críticas más visible de la actual poesía cubana, coherente con el postmodernismo que se respira en todas partes, es la estridente experimentación y la frialdad de sus propuestas, que incluye palabras obscenas o motivos baladíes que dejan a un lado la transmisión de un ambiente emocional, elemento que durante mucho fue y aún es para mí, la esencia misma de la lírica, a pesar de sus varios siglos de vida. Tal vez como tantas cosas, esa motivación primigenia desaparezca del mundo actual o tal vez yo, en nombre de otros muchos, me resista a esta nueva naturaleza que exhibe hoy el poema contemporáneo. Por eso cuando releo el poemario Salmos oscuros del escritor Frank Castell González, (LasTunas 1976) recién publicado por el sello editorial Oriente en el que la honestidad se respira en todos y cada uno de sus textos, me afirmo en este distanciamiento a gusto, y rechazo tácitamente esa manera otra que algunos concursos de las urbes estandarizan y protegen como poesía moderna y que muchos interpretan como obligado camino.

Frank dice: Qué falta me hace caminar sobre una cuerda. Dejar el pecho a la deriva y no pensar en el residuo que el ayuno deja. Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz para romper esta costumbre.

Todo es cuestionable a partir de esta mirada mía o acaso la tristeza, el desarraigo y la desesperanza no alimentan ya a los poetas del tercer milenio, pero como dijera el evangelio: si la sal se desvaneciera de qué servirá sino para ser pisoteada.

Encuentro en estos poemas breves una contención sugerente y universal, como si lo cubano se extendiera hacia mundos inescrutables y me hallo en cada uno de estos reclamos existenciales a orillas del mar e intento como él ser cronista de este mismo sentir. No hay en Salmos oscuros poses experimentales, sino una conexión con esos autores que siguen siendo la dieta predilecta de Frank Castell; Vallejo, K. Cavafis, Miguel Hernández, Ángel Escobar, Heredia y otros que se filtran en su aliento de autor consagrado a describir su más inmediata realidad con el corazón como tintero. En sus libros anteriores se reconoce esta línea discursiva para conforman así una obra poética coherente, honesta, al margen de todo oportunismo promocional. Por suerte, muchos lectores agradecen estos salmos... que por oscuros no deja de ser luminosos o acaso la luz es más reveladora si se mira desde dentro del túnel, que propone Frank.

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La luz de los Salmos Oscuros de Frank Castell

martes, febrero 18, 2014
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Fuente: Periódico 21

Viernes, 14 Febrero 2014 06:36

Escrito por Carlos Esquivel Guerra (Escritor) / Foto: Itsván Ojeda Bello


Las Tunas: Frank Castell González es uno de los mejores poetas de la lírica cubana actual. Su obra encarna un muestrario de distinciones muy personales: el provocador itinerario existencial, el obsesivo cruce de siluetas culturales y la imperiosa honestidad ante el lector. Salmos oscuros (Editorial Oriente), su nuevo poemario, será presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana, y luego en su similar de Las Tunas.

Aquí vuelven a repetirse los trazos expresivos del desgarrado poeta, esas sombras líricas sobre su realidad, como si entendiéramos la realidad como una bandera ingrávida, hiriente, perturbadora. Frank ha escrito la exploración, otra más, del hombre carcomido por los destinos de su tiempo. Una realidad que se permite, aun en el peor de los casos, ser esa misma bandera, ingrávida, hiriente, perturbadora.

Salmos oscuros no desvía "tu ruta". Entonces, ¿buscas el sentido de la poesía o entiendes, desde el acto expiatorio, que la poesía es una elección mucho más privilegiada?

La poesía es un acto de fe. Escribo tal vez con los mismos demonios de César Vallejo, quien me enseñó que el dolor es universal y que un poeta tiene el don de mostrar las luces y las sombras desde la honestidad. Salmos oscuros es mi versión de la Cuba profunda, la que amamos y sufrimos, pero que vive, por suerte, en Frank Castell.

¿Cuáles son las preocupaciones temáticas y estilísticas que más te obsesionan?
Mis preocupaciones son parte del tiempo que me toca vivir. Llevo 10 años en Puerto Padre y aquí he escrito la mayoría de mis libros. Trato de expresar un discurso lo más lejos posible de las modas que tanto daño hacen al espíritu. Tal vez por eso no gano premios, ni viajo. Por eso prefiero mantener distancia de las grandes concentraciones, de la poética estéril y oportunista. Mi preocupación es perder la capacidad de decir lo que pienso.

Esta es una pregunta común y sencilla, pero, a mi modo de ver el asunto, muy peligrosa: qué es para ti la poesía.

Desde que decidí escribir mis primeros poemas supe que debía asumir un riesgo, vivir el infierno de muchos, contar esas historias, esos gritos. Cuando la noche fue más intensa me acompañó la luz del poema. La poesía es mi tabla de salvación. Mientras escribo siento que mis penas quedan atrás. Entonces escucho una voz, la voz de Dios, y a partir de ahí comienzo a recorrer el áspero sendero que es, en ocasiones, infinito.

Hay dos versos tuyos magistrales: Si yo pudiera convencerme de la realidad/ no me jugara a diario la vida escribiendo. ¿Escribes para sobrevivir o sobrevives para escribir?

La vida del escritor es solitaria. Eso no quiere decir que no tenga amigos, a quienes respeto y protejo. Pero un escritor es una piedra en un zapato porque su compromiso es con el futuro. Muchos amigos se fueron por el camino más fácil, traicionar su discurso por ciertas facilidades. Yo asumo lo que escribo con mucho rigor porque cada verso tiene una intención. Cada imagen es un golpe y cada golpe es una huella.

Cuando presenté Corazón de barco en La Habana se me acercaron dos personas, una mujer llorando y un señor, quienes me dijeron: "En esos poemas que acabas de leer, estamos". Hay personas a las que molesto; otras, celebran mis textos, pero no los premian. Entonces puedo dormir con la conciencia tranquila.

En un mundo rodeado por superfluas sensibilidades, desidias y violencias de todo tipo, ¿crees que la poesía pueda ser una cura a esos males?

Este mundo está lleno de personas diferentes que por lo general se creen el centro de todo. Tal vez la poesía ayude a sacar a la luz esas miserias humanas. Yo mismo las he padecido al ser estafado o engañado o vendido. Sin embargo cada vez que me enfrento a la página en blanco estoy consciente de que el poeta puede transformar. A veces me asombro cuando voy por la calle y alguien ve en mí a la voz que puede sacarlo del anonimato.

Ella, la confidente, la irreverente y musical poesía ha cambiado el modo de vivir de muchos. Descubrirla es una sensación de madurez.

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Lo dijo Kereya: Siempre que hay trova, escampa

viernes, diciembre 06, 2013
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Por Frank Castell

La vida municipal obliga a muchos proyectos a marcharse y buscar suerte en capitales de provincia. La realidad intensa de las pequeñas zonas y el desenfado con que se proyectaron desde el principio le demostraron al grupo Kereya que debían explorar fuera de Puerto Padre. Y así fue. Y Kereya comenzó a abrirse paso en Las Tunas ante la mirada a veces incrédula de especialistas y colegas.

Sus primeras presentaciones en las peñas de Freddy Laffita y Norge Batista y en los diferentes espacios organizados por la Asociación Hermanos Saíz le permitieron, a golpe de poesía, comenzar a tejer una obra comprometida con el tiempo que les ha tocado vivir. La cercanía a Silvio, Pablo, Frank Delgado y a las recientes promociones trovadorescas del país, consolidaron un estilo distinguible por la armonía y profundidad de letras y arreglos.

Kereya se presenta con sistematicidad en festivales de trova como son el Longina, El de la Canción Política, el Carlos Puebla, así como las Romerías de Mayo y el Piña Colada, entre otros. Y es ahí donde crecen en cada actuación porque existe la posibilidad de mostrar un repertorio variado en el que se evidencia equilibrio para satisfacer las exigencias más elevadas. Guitarra, violín, bajo y percusión son la línea que su director y voz líder, Omar Sicilia, utilizan para entregarnos un producto de excelente factura.

Su demo promocional Siempre que hay trova escampa, grabado en los estudios del reconocido trovador y productor musical José Aquiles, cuenta con diez temas de indudable belleza. Cada uno concebido para ser disfrutado a plenitud y en los que el son, la balada, el country, la plena se fusionan en la limpieza de un discurso contemporáneo donde se realiza una lectura a la Cuba profunda, a las preocupaciones del ciudadano y a la necesidad de salvar la espiritualidad en tiempos tan convulsos como estos.

El primer tema: El enemigo, es un atractivo acercamiento a la problemática de estar rodeado sin saber qué pasará. Luego llega Ariadna, limpia manera de cantarle al amor sin caer en el lugar común y donde se evidencia la madurez conceptual: y pensé, pobres pelícanos que no encontraron peces en tu orilla. Ella se fue evidencia los intentos de un hombre por creer en la pureza del amor, pero despierta con la noticia de haber perdido la magia de los años bendecidos por la vida y que al final no fueron más que un sueño inalcanzable. Siento es la deuda con la ciudad que los vio nacer, una imagen los acompaña a donde quiera que lleguen como el poema La ciudad, de Constantino Cavafis. La poética de Omar nos deja ante el dolor de partir: Siento mares y no tengo canción para salvarte. De igual manera Cambia el viento interpretado por la joven Virginia Martín, nos muestra la búsqueda de acercar de manera más fresca a un público ávido de verse en la historia que propone Kereya. Más agresivo es Blanco y Negro, una metáfora que se vive en los pueblos de provincia en los que éxodo hacia otros sitios se torna un lugar común. Corazón de barco es el lamento de soñar de este lado y a la vez estar libre como un barco con la fuerza de llegar y descubrir la inmensidad del mar. Es el joven entre dos orillas a quien le dicen que sueñe y espere. Me levanto, donde el violín hace de la nostalgia parte del poema y donde está el sentido de pertenencia hacia la tierra aunque los fantasmas acechen para evitar levantarse y luchar por el futuro pa´que vuelva a amanecer. La riqueza del son fusionado con el reggae hacen de En dos aguas un tema atractivo y coherente con la propuesta. No es hacer música popular sino elevar el discurso a un nivel en el que se baile y se escuche el mensaje. No es oportunismo, es inteligencia para adentrarse en el gusto de la gente. Cierra el demo Cómo escapo de tu sombra donde está la necesidad de respirar la libertad de salir y entrar, la necesidad de regresar al viejo amor, a salvar el alma a pesar de todo: ¿Cómo ahogarme en tu mejilla y después creerme el mar?

Es lamentable que proyectos arraigados a lo mejor de la tradición cultural de nuestra isla no tenga la posibilidad de acercarse al mundo enrevesado del disco, pues, la vida lo confirma a diario, hay que vivir en La Habana o hacer demasiadas concesiones con la obra, para grabar y difundir su música.

Kereya es auténtico y lo auténtico prevalece aunque en su camino las flores se oculten para que solo aparezcan las espinas.

Puerto Padre, diciembre 4 y 2013

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En un parque de Las Tunas, por Frank Castell

martes, noviembre 12, 2013
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Frank Castell
Frank Castell

La literatura es un oficio ingrato, nos dijo Guillermo Vidal aquella tarde de 1996 en su pequeña casa de Ramón Ortuño No.190, en Las Tunas. Por aquel entonces Osmany Oduardo y yo estudiábamos en el Instituto Superior Pedagógico y soñábamos con ser grandes escritores.

Alguien nos dijo que había un hombre que escribía novelas rarísimas, llenas de palabras filosas, pero a la vez profundas. De modo que decidimos visitarlo para ver si nos ayudaba en nuestro caro empeño.

Nos recibió su mujer, lamentando la ausencia del autor de Matarile. “Está fuera de la provincia, presentando su libro de cuentos Confabulación de la araña, vengan el jueves”.

Y así fue.

El jueves, poco después de almuerzo, tocamos a su puerta. Nos sorprendió un hombre de unos cuarenta y cinco años, barbudo y con el cabello largo, con una sonrisa, ¡Ah, son ustedes, pasen!

La tarde fue maravillosa, pero trató de disuadirnos de nuestro empeño. “¿Ustedes no ven como yo vivo? Miren mi casa, mi ropa, lo que tengo para comer. Esta (la Literatura) es una carrera difícil. Te buscas problemas. Caes mal. No tienes dinero. En fin, estás jodido”, concluyó.

Las razones, viniendo de un escritor acechado por lectores que se robaban sus libros de las bibliotecas, parecían ser concluyentes. Sin embargo por más que lo intentó, no pudo cambiar nuestra decisión: seremos escritores, vale la pena correr el riesgo.

Poco tiempo después, en un parque de La Habana, sitio donde confluíamos mi amigo y yo para hablar de proyectos, concursos y nuestras miserias materiales, recuerdo discutíamos sobre uno de los tantos poemas incoherentes míos. Así pasábamos las horas de hambre y sed ante los ojos de turistas felices de vacacionar en Cuba.

Por lo general cuando alguien decide dedicar su tiempo a la literatura, y si lo que escribe está signado por la razón de llevar la realidad, cruda e insoportable de esta Isla, tiene que pasar por obstáculos que, de no flaquear la voluntad, llevan a uno hasta la más absoluta pobreza. Las Tunas tiene eso, a uno le queda el consuelo de recorrer sus calles y escribir. Eso.

Mi amigo y yo conocíamos el riesgo de seguir las huellas de César Vallejo, Miguel Hernández, León Felipe y de otros que sangraron su obra. Eran el espejo. No sabía a dónde irían, pero estaban conscientes de que llegaría a donde se lo propusieran. En ese parque, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos sucedió algo que aunque queramos, difícilmente olvidemos. Todas las tardes por los alrededores del parque un personaje aparecía: eran un loco, muy simpático, al que se le conocía por “Asere”, porque decía siempre: “Asere, dame una moneda para comer”. Unos le daban su monedita; otros le ofendían.

A mí me molestaba su presencia porque se parecía a mi tío Tomás, un hombre al que la bebida lo redujo a perro callejero. Asere tenía el cabello rubio y una nariz tan larga como la de Cyrano de Bergerac. Recitaba poemas y hacía piruetas, muchas piruetas, para luchar algo de dinero.

No digo que eran tiempos difíciles porque aquí los tiempos siempre han sido difíciles. Nosotros, jóvenes poetas de una promoción fragmentada e incoherente, escribíamos poemas que ahora, después de varios años, es que comprendemos.

Una de esas tardes se nos acercó porque éramos unos tipos raros, con pinta de turistas, a los cuales veía en el mismo banco del parque. “Asere, dame una moneda para comprarme algo de comer”, extendiendo la mano. Mi amigo lo miró como un inquisidor y le dijo de forma tajante: “¿Tú no te das cuenta que nosotros somos poetas? ¿No te das cuenta que nosotros permanecemos en este parque pensando y escribiendo?” El loquito vaciló un poco, quizás convencido de su falta, y en voz baja respondió: Ah, poetas, son poetas. Introdujo la mano en su bolsillo, sacó una moneda de un peso y nos la entregó. “Perdonen, perdonen, perdonen”, y se fue saltando hacia donde se encontraba un turista, con la esperanza de tener mejor suerte…, que nosotros.

Por eso me vienen a la mente unos versos del poeta Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé: “Se sabe de muy viejo que un poeta/ es rareza que cargue una peseta.”//
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Quijotes 1 Año 2013

lunes, mayo 06, 2013
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Quijotes vuelve en esta primavera 2013 con la mirada puesta en el futuro. Auspiciada por el Comité municipal de la UNEAC en Puerto Padre, dedica el presente número a la creación para niños y jóvenes "desde la perspectiva de artistas consagrados al difícil camino de variadas manifestaciones del arte". Frank Castell, su Director, ha reunido en estas páginas a diferentes voces y miradas: Eduard Encina y la mexicana María García Esperón, el cuento de Renael González, el estudio de Ronel González, la poesía de Reina Esperanza Cruz y Diosneldo Salazar, la trovadora Rita del Prado, el grupo de teatro guiñol Los Zahoríes. Ilustraciones de Helier Batista, reseñas de Gustavo Alonso Curbelo y Mayda Amias Martínez, la entrevista de Jorge Luis Peña Reyes y la presencia de Enrique Pérez Díaz. La literatura infantil y juvenil vive en la actualidad un boom mundial. Quijotes llega en el mejor de los momentos para presentar una selección del interesante trabajo que se lleva a cabo en una Cuba abierta al futuro.


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Salmos oscuros

domingo, mayo 05, 2013
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La poesía de Castell hiere en lo íntimo y revela el cinismo de estos tiempos; la verdad naufraga y desaparece. El hombre, confiado en Dios, ironiza sobre la posteridad, sobre la Historia. Son poemas viscerales en los que "Cada dolor tiene su música".

Salmos Oscuros es el más reciente libro de Frank Castell y aparecerá próximamente bajo el sello de la Editorial Oriente.
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Lección de eternidad en libro tunero

viernes, marzo 01, 2013
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Fuente: Periódico 26

Publicado el Sábado, 23 Febrero 2013 06:45
Escrito por José Alberto Velásquez (Escritor) / Foto: Norge Santiesteban Vidal


Las Tunas: Por sobre todas las cosas, poesía es un puñado de palabras que consigue atrapar el instante y convertirlo en eternidad. Tal quiere ser la premisa del cuaderno Final del día, del escritor tunero Frank Castell González, título bellamente facturado por la editorial local Sanlope, la cual, en cuanto a diseño se refiere, parece estar alcanzando una necesaria (aunque demorada) mayoría de edad.

Castell es un poeta intenso. Desde su principio, en aquellos inolvidables años 90 del pasado siglo, cuando "éramos muy pobres y felices"-frase de Hemingway que a Frank le gusta repetir-, nos acostumbró al ejercicio de una poética exacta, cotidiana y trascendentalista, vertiginosa en el concepto y de una raigambre humana que posee su referente literario más cercano en César Vallejo.

A Final del día lo articula una estrofa tradicional muy cercana a los tuneros: la décima. Sin embargo, aquí los elementos técnicos y de estilo, magistralmente manejados, no constituyen el principal atractivo. En cada una de sus casi 70 páginas, la melancolía (el mayor de los tonos poéticos, según Edgar Allan Poe) se purifica, va alejándose sucesivamente de la insana neurosis de la modernidad, para erigirse en oxígeno, afecto, sublimidad.

Encuentra un tiempo perdido en el que hay hermanos, amigos, padre; suicidas resplandecientes y sobrevivientes innobles. Los somete a la persistencia de la luz, de su luz, debemos decir, y sin proponérselo, determina un nuevo nacimiento del mundo cada día.

Martí inauguró entre nosotros el linaje de los poetas iluminados: hombres y mujeres con un talento fuera de serie, equilibrado este último por el peso de la eticidad. Son únicos y aunque lo saben, jamás se dejan morder por la arrogancia, sus cuerpos nunca van a dibujar una sombra dudosa. Quienes conocemos a Castell estamos seguros de que pertenece a tal estirpe.

Al aproximarnos a las páginas de su hermoso poemario descubriremos muchas verdades: con la muerte no termina todo; antes que nuestro día se acabe, la esperanza habrá fabricado un puente, un gran puente, en el que el amor nos lleva de la mano hacia una isla de permanencia. Eso es poesía: palabra, gesto, inmortalidad. Eso seremos si nos adentramos en ella.
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Un miravoz de

Quijotes 2013

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Frank Castell

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