El día sin el sonido de un verso, por Nelton Pérez en Cubaliteraria

domingo, abril 27, 2014



Fuente: CubaLiteraria

El día sin el sonido de un verso


Nelton Pérez, 23 de abril de 2014

He leído de un tirón Salmos oscuros, del poeta Frank Castell (Las Tunas 1976), poemario publicado por la editorial Oriente, en buena hora para la poesía cubana y que fue presentado en la pasada Feria del Libro. Es un texto que envidio desde el mismo título. Así he comenzado mi presentación el pasado jueves en Nueva Gerona, y como si se tratara de un libro maldito aproveché para leer algunos textos para enganchar al público con una supuesta y futura lectura de algo que, ya advertí, no prestaría a cualquiera. He devorado verso a verso estos salmos de oscuras transparencias, inasibles si uno pretende guardarlos para uno. Me han herido las 67 páginas de este cuaderno armado en tres partes y con una ilustración de cubierta del también poeta Eduard Encina. Salmos oscuros es un acerado estilete para desvicerar de falsedades a su lector: "El curso de la historia es inviolable/ y el poeta es el ser más invisible./ Si yo pudiera convencerme de la realidad no me jugara a diario la vida escribiendo".

Pienso en Vallejo cuando con verso certero nos dejó dicho: "Y me han dolido los cuchillos de esta mesa en todo el paladar". Y también en el narrador Guillermo Vidal –que a mediados del próximo mayo cumple la luctuosa fecha de diez años de ausencia física-, cuando solía contar con particular e inigualable gracia cómo les cerró la puerta de su casa en las narices a un par de jóvenes estudiantes del Pedagógico donde él impartía clases de Literatura porque vinieron a pedir su ayuda. ¡Querían ser escritores…! Y el Guille les recomendó que fueran cualquier otra cosa, que les iría mejor en la vida. Pero los muchachos insistieron. Uno era Osmany Oduardo y el otro bergante -así los llamaba- era Frank Castell. Y ambos se creían poetas, y ya lo eran desde entonces cuando volvieron a tocar a la puerta que se les cerraba contra su aliento. Hasta que el novelista de Matarile, que ya arribó este febrero a sus 20 años y estaba por ese tiempo recién publicada, no tuvo más opción que dejarlos entrar en su cofradía literaria pues tampoco pudo evitarlos con aquel otro título suyo de Se permuta esta casa.

Quizá fuera sacrilegio que yo lea Salmos oscuros, precisamente en Semana Santa. O tal vez no. He aquí la confesión descarnada, aguda y viril de un poeta que clama a Dios: "Dejame el horizonte,/ la música del éxodo,/ las mañanas y el juicio para escribir mi vida".  O antes, cuando advierte que camina sobre una cuerda como si fuese un suicida: "Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz para romper esta costumbre…/ Qué falta, Dios, borrar lo que en mi hondura existe". Y luego de comulgar el hombre poeta con el vacío cotidiano y la tristeza que nunca abandona, y hacer de náufrago frente a la página en blanco un poema como "Heredia y yo", nos desenfunda todos los bolsillos y rincones ocultos: "Es duro que nadie nos comprenda/ y seamos dos hombres/ vencidos por la soledad".

Ya desde la primera página Castell nos avisa de sus próximos desnudos y catarsis poética cuando al final del poema, su primer salmo oscuro, confiesa: "A veces me asusto del monstruo que me habita". Y ya vuelca en cada salmo que nos canta la bilis que hace ácida y áspera las letras de cada uno de sus poemas. ¿Será el salitre del mar?, me digo mientras releo el libro, ahora a brincos entre las páginas que revisito y rememoro donde habita Frank Castell, allá en Puerto Padre con el mar, casi literalmente lamiendo entre ola y ola la puerta de su casa, carcomiéndole mucho más que las rejas del portal. Suerte de poeta, pienso en bien y en mal, tener una casa frente al mar con un barco Ferrocemento varado mar adentro a unos doscientos metros, justamente encallado ante la vista del poeta. Profecía, ya Frank Castell antes de vivir en esta casa había publicado en Letras Cubanas su libro Corazón de barco. Sin dudas por ello asegura en el final del poema "El ciego": "Veo tanto que la náusea y yo nos confundimos". He ahí uno de los misterios que conviven y ocurren a los poetas, como diría Reyna Esperanza, poeta también de la villa Azul, a los poetas, Dios, esos reos inocentes. Frank Castell comparte sus verdades, las que va arrancando de sí mismo, de sus angustias y descubrimientos, pletóricas de asombros, cinismos e ironías que sólo suele ver el ojo sensible de un poeta que reza a Dios sus más oscuros salmos, y no cruza dos dedos cuando asegura que no hay nada peor que el día sin el sonido de un verso.

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